Hoy me cambio de hogar. Dejo Cuemanco para irme a Chabacano. Dejo lo que es una de las zonas más verdes y pacíficas de la ciudad para ir a una bastante transitada. Eso sí, a media hora de casi todo. A quince minutos del Zócalo, a veinte de la Condesa, a quince del Cenart. Eso definitivamente hace que valga la pena comparado con la hora y media que tenía que hacer para ir a cualquier parte. ¡Imagínense cuánto me tomaba normalmente viajar a la carretera a Toluca, donde estudio!

¿Qué recordaré con odio o con añoranza? No lo sé, pero sospecho que será lo siguiente:

  • El parque ecológico. Es enorme, es un lugar de paz en una enorme ciudad. Puedo andar en bicicleta, remar, o ver a los patos. Cuesta tres pesos la entrada, pero lo vale.
  • Las casas con rejas bajas. Algo que no se ve muy seguido en esta ciudad.
  • El trazado de las calles. Sí, sin los cómodos ejes viales, pero con jardineras amplias y una cantidad indescriptible de topes.
  • La gente que saca sus borregos o sus vacas. Hey, es divertido, con mal olor, pero algo muy particular de esta zona. No lo he visto más que en el sur. Los rebaños de la barbacoa.
  • Los mosquitos. Ya desde marzo estaban molestando. Uno se llega a acostumbrar a tener cinco mosquitos volando. Incluso aprendí a dormir con mosquitos. ¿Quién dijo que tener un lago a doscientos metros de tu casa era fácil?

Creo que esas son las cosas. A ver si se me ocurren más después.