Sé que esto le corresponde a otro blog de Hipertextual, Extracine, pero creo que debo hablar sobre el tema. Es más, ya cuentan con una entrada sobre esta película. El viernes pasado fui con una muy querida amiga al cine. Al ver que estábamos un poco cortos de tiempo decidimos entrar a la que estuviera más pronto. Entre varias opciones, como Cansada de besar sapos y Una noche en el museo, se hallaba Borat. Como suelen atraerme las películas de lugares lejanos, apoyé esta opción.

Además, la sinopsis no se veía nada mal. Un reportero de Kasajstán va a los EE.UU. y trabaja sobre lo que es para él una cultura rara e incomprensible. “Bien, un poco de moralina de izquierda sobre lo malos que son los gringos no me caería nada mal, dado lo asquerosamente neoliberal que me he vuelto en estos meses”, pensé. “Ha de estar graciosa”, le dije a mi amiga. Grande sorpresa fue que no fue de izquierda, sino ya ni sé. No sé si trataba de burlarse de los multiculturalistas o de las culturas lejanas, o de los mismos estadounidenses. Muchos me dicen que sienta la ironía, que ése es el propósito. Humor ácido. No lo creo.

El punto me parece que se pierde tras muchas aventuras a lo largo de Estados Unidos, cuando uno termina harto de ver a) lo primitivos que son los asiáticos, b) lo inexistente de nuestros tabús sexuales en esa cultura (por ejemplo el incesto, cosa que dudo, pero no conozco a ninguna persona de Kazajstán), y c) el empeño del director en hacernos notar eso.

Como dice Marta Treviño, en Extracine, si hay algo contrario a “recomendado”, es Borat.