Fuente: Wikipedia

Imágenes: Latinamericanstudies.org

Ésta es una leyenda de la época colonial de un asesino en serie llamado Don Juan Manuel, quien motivado por celos absurdos y obedeciendo consejos del Diablo acostumbró a matar, sin que nadie lo descubriera, al primer peatón que viera pasar por la calle de su hogar a las once de la noche en punto, con la esperanza de asesinar al supuesto amante de su esposa.market.jpgSin embargo, un día asesinó a un sobrino que quería mucho por no identificarle antes de atacarlo, muy triste y con remordimientos, acudió a un convento franciscano para confesarse con un sacerdote, quien le impuso de penitencia rezar un rosario diario a los pies de la horca de la localidad a las once de la noche en punto durante 3 noches consecutivas.

Don Juan Manuel, apenas pudo rezar uno que no completó en dos noches por escuchar y ver hechos sobrenaturales que auguraban su muerte y lo enmudecieron de terror. El sacerdote le pidió que al menos completara ese rosario en la tercera noche para absolverlo de sus pecados.

Estando otra vez a los pies de la horca a la misma hora de la tercera noche, nadie sabe lo que sucedió, pero a la mañana siguiente el cadáver de Don Juan Manuel apareció ahorcado. Se rumoró que lo hicieron los ángeles, pero también que lo hizo el Diablo. Aunque según otro rumor, no murió sino ingresó a la orden franciscana. Sin embargo, después de los asesinatos la gentepulqueria.jpg temía andar por la calle de su casa a las once de la noche.

los tontos En el año 1600 el español Tristán de Alzúcer, se estableció en la ciudad de México, para abrir una abarrotería. El arzobispo de México Don Fray García de Santa María Mendoza solía frecuentarlo para conversar, ya que ambos eran originarios de la misma localidad.

Su abarrotería prosperó y Tristán de Alzucer decidió ampliar la variedad de mercancías ofrecidas en la tienda, por lo que envió a su hijo a buscar mercaderías a la ciudad de Veracruz y a las costas del sureste. Lejos de su padre, el hijo contrajo una enfermedad mortal cuya gravedad le impedía regresar a la ciudad de México. Don Tristán de Alzúcer le rogó a la Virgen por el retorno de su hijo vivo y le prometió que caminaría hasta el santuario del cerrito en agradecimiento. Unas semanas después su hijo regresó débil y convaleciente. Con el paso del tiempo, Don Tristán olvidó su promesa realizada a la virgen por dedicarse a su próspero negocio, pero sentía remordimientos cuando se acordaba de no cumplirla.quebradoras.jpg

Un día visitó a su amigo el arzobispo para comentarle sobre su remordimiento por no cumplir la promesa, aunque siempre agradecía a la Virgen en sus rezos. El arzobispo le afirmó que con un rezo bastaba, lo eximió de su promesa y Don Tristán -aliviado- la olvidó.

Cierto día por la mañana, el arzobispo se encontraba caminando por la calle de La Misericordia cuando se topó con Don Tristán quien estaba famélico, vestido con un sudario blanco, portaba una vela encendida y le respondió con voz tenebrosa que estaba cumpliendo la promesa. Extrañado, esa misma noche fue a su casa para pedirle una explicación y encontró su cadáver velado por su hijo, el cual estaba con el mismo aspecto, vestuario y vela que el había visto esa mañana. El hijo le comentó que su padre había muerto al amanecer y fue obligado a cumplir la promesa. Y el arzobispo dedujo que se topó con el espíritu de su amigo, quien se manifestó para cumplir la promesa y sintió remordimientos por eximirlo.

Después de varios años el alma de Don Tristán siguió deambulando por la calle de La Misericordia, desde el incidente del arzobispo el vulgo la llamó el Callejón del Muerto y siglos después se le renombró calle República Dominicana.