El tiempo pone a cada quien en su lugar. Las voces que encarnan la supuesta autoridad moral e intelectual de la izquierda mexicana van cayéndose a golpe de pruebas. Si Elena Poniatowska fue demandada y exhibida hace algunos años por plagiar al escritor Luis González de Alba para escribir La noche de Tlatelolco, la vía legal no ha sido necesaria esta vez para evidenciar la aparente falta de ideas de Guadalupe Loaeza, otra mujer que ha encontrado muy rentables los discursos sobre igualdad social escritos desde las boutiques de Mazaryk.

El escritor Guillermo Sheridan refiere en su blog un incidente más o menos reciente, en el que una lectora descubrió que una de las tantas colaboraciones de Loaeza para el diario Reforma era “un refrito mal citado” de un artículo publicado en el periódico Página 12, de Argentina. La escritora no sólo no acepta haber cometido plagio —de hecho, reprueba la práctica— sino que justifica su “error” de haber transcrito la columna sin ponerle comillas, en el hecho de haber sufrido un ataque de diverticulitis.

La cosa es que Sheridan —lector que no perdona— descubrió que la autora de Las niñas bien y Compro, luego existo escribió otro texto enormemente parecido al que aparece en un sitio web, fácilmente localizable por Google, a sólo una semana de escribir que bajo ninguna circunstancia se debe plagiar. La culpa no es de ella, es de Google.

Enlace: Plagiar (del latín plagiarius).