Posiblemente nada resulte tan inversamente proporcional en la práctica que el tamaño de las imágenes de veneración en relación con el respeto a los valores que supuestamente representan. En 1999, ya hacía el final de su sexenio, Ernesto Zedillo emitió un decreto para levantar banderas monumentales en diferentes ciudades, como una especie de reafirmación de la soberanía mexicana y a juzgar por la cantidad de astas instaladas hasta hoy, puede decirse que no hay territorio más soberano que el nuestro.

Nuevo símbolo de la religiosidad mexicana de este siglo, levantada de manera irregular en un terreno donado por uno de sus fieles como agradecimiento a sus favores, en Santa María Cuautepec, Tultitlán, Estado de México, una imagen de la Santa Muerte de 22.17 metros —con un récord Guinness como la figura más grande del mundo de este culto— apareció hace poco más de una semana para disputarle la hegemonía al catolicismo de la periferia de la Ciudad de México.

Cual Cristo del Corcovado, sólo que elaborada en metal cartón y resinas, la figura de la llamada Niña Blanca, no sólo ha enfrentado a sus promotores con el catolicismo tradicional, sino aun con otro grupo de adoradores de la muerte, miembros de la Iglesia Santa Católica Apostólica Tradicional Mex-Usa, que venía ostentándose como iglesia oficial de la figura y que los tacha de “charlatanes y vividores”.

Protectora de ladrones, narcotraficantes, prostitutas y nuevos seguidores de los barrios marginales, veremos a quién favorece la Santa y quién levanta una estatua más grande.