Por enésima vez, México ha demostrado que somos un candil de la calle. Ahora nadie tiene disculpa: desde los escaños más altos del gobierno hasta la sociedad civil, hemos fallado en apoyar a nuestro prójimo. Cuando vino la tragedia en Haití, conmovidos por la miseria de un país, vino una movilización masiva para enviar víveres, organizar equipos de rescate, abonar a las cuentas bancarias. México sacó su mejor cara: la solidaridad, el apoyo al hermano.

Pero entonces vinieron las inundaciones en el Distrito Federal. Chalco, Iztapalapa, y otros puntos de la ciudad quedaron cubiertos por el agua. ¿Y la ayuda, la movilización, el apoyo? Prácticamente nulo. Una catástrofe a unos escasos kilómetros, en nuestro propio territorio, recibe menos atención que el caso de Haití. Es una actitud hipócrita de nuestra parte - o cuando menos, convenenciera. Podemos contar un sinnúmero de centros de acopio -algunos, aún en funcionamiento- para apoyar a los damnificados de Haití, pero ¿cuántos podemos contar para ayudar a los afectados en la periferia de la capital?

¿Será que estamos muy acostumbrados a ver la miseria doméstica que ya no la percibimos? Chalco clamó ayuda, y la mano amiga no llegó. No digo que haya estado mal ser solidario con Haití. Por el contrario, el pueblo mexicano actuó excelentemente. El problema es que, cuando se alejan las cámaras y las felicitaciones del extranjero no existen, no estamos a la altura. Que nos sirva de lección para no predicar la falsa solidaridad. Triste, muy triste, ver que las despensas, el dinero, y el esfuerzo sólo se mueven si van fuera de nuestras fronteras.