¿Nos sorprende, acaso, que Javier Aguirre sea el portavoz no oficial del gobierno mexicano? No, para nada. Hace tiempo que dejó de ser noticia que el patriotismo de este país se mueve en torno a un balón. Si hace unos días reflexionaba sobre cómo el marketing político se aprovechaba de la selección nacional para obtener votos, ahora me quedo prácticamente sin palabras con este video.

Trístisimo resulta ver que se equiparen fechas históricas como la Independencia o la Revolución con un asunto como la disputa de una Copa Mundial de Fútbol. ¿Es eso a lo que aspiramos? ¿A creérnosla para levantar un triunfo simbólico en el césped, mientras que a nuestro alrededor la fachada se cae? México es un país hambriento de triunfos, pero que no se malentienda. Las victorias que necesita el país están en las calles, en los pueblos, en nuestro derredor. Vivimos en una nación donde un gol del Chicharito vale más que una reforma aprobada.

Al gobierno se le agotan las cartas para exacerbar el nacionalismo. Lo he dicho: Javier Aguirre es el mejor secretario de Felipe Calderón, en un mandato que parece condenado a ser recordado como uno de los más violentos, de los más inestables, de los más deslúcidos. En el marco del Bicentenario, lejos de recordarse con orgullo la épica de los héroes que nos dieron libertad, se les caricaturiza al comparárseles con veintitrés (¿mártires?, ajá) mexicanos cuyo mayor mérito es saber meter la bola en la portería.

Ojo, que no se tome este texto como una mera crítica al fútbol, sino a los mecanismos retóricos que se aprovechan del deporte para tapar el pozo. México es un país necesitado de aliciente moral, de una inspiración que sus líderes políticos han sido históricamente incapaces de transmitir. Sin otra opción, sin argumentos sólidos, la política ha decidido dar paso al espectáculo, al simbolismo, al triunfo que se presume pero que no cambia nada.

Y ahí está Javier Aguirre, el apagafuegos del fútbol, usando su elocuencia y su garbo para dar el aliento que otros no pueden (ni quieren). Sin tapujos, sin reparos, el Vasco trasciende su investidura de técnico nacional, y se convierte en la figura paterna, en el tata Javier que nos echa porras porque en cada ratón verde hay un dragón por emerger. Bla, bla, bla. Sí, sólo en México nuestro líder moral sale de las canchas, y nuestro nacionalismo se mide en balones en la red.