Cuenta una historia —- con todos los tintes de ser ficticia —- que en cierta cumbre lationamericana se toparon el presidente Felipe Calderón y el mandatario brasileño Lula da Silva. En la anécdota, Calderón le ha preguntado a Lula qué opina sobre su asistencia a la inauguración del Mundial. “Deberías ir”, respondió Lula. “Ah, ¿irás tú al partido inaugural?”, preguntó Felipe. “Para nada”, responde su homólogo, “yo voy a la final”, echando en cara la supremacía verdeamarelha para las patadas (y quizá, de forma tácita, para algunas otras cosillas).

La novela se desató cuando Felipe Calderón abrió un debate innecesario cuando preguntó a la sociedad civil sobre si debía acudir al partido inaugural de la Copa del Mundo. Un buen porcentaje de la población vio en el viaje de Calderón un capricho más, una frivolidad, otro convite socialité. Menudo error. De otros lados surgieron voces feroces que reprocharon la visita del presidente. Al final, entre el nadie sabe nadie supo, y la decisión final se postergó, cómo no, hasta el tiempo de compensación.

Por si había que añadir la guinda al pastel, ha sido la Federación de Fútbol de Sudáfrica la que ha confirmado la asistencia de Calderón. Será que en Relaciones Exteriores tienen un reloj atrasado (¡no sería la primera vez!), pero han tardado un par de días en confirmar el secreto a voces. Junto con el mandatario sudafricano, el secretario general de la ONU, y el jerarca de la FIFA, Felipe se sentará en el palco del Soccer City el próximo 11 de junio. Después de todo, nunca está de más un poquito de diplomacia alternativa, aunque para subirse al avión haya sufrido más que el Bofo Bautista. Y como el jugador tapatío, sólo el torneo dirá si fue para aportar algo o hacer bulto nomás.