Carlos Monsiváis, en uno de sus muchos e ilustres libros, comentaba, con preocupación, que en la capital mexicana había llegado la imprenta en el siglo XVII, mientras que en provincia lo había hecho en el siglo XIX. Esto querría decir que la gente del Distrito Federal tiene, como ventaja cultural, dos siglos de conocimiento.

¿Esto es verdad? No lo sabemos. Lo que sí puedo asegurar, y basándome en la experiencia que he tenido como catedrático de universidades a las que asisten alumnos de todos los estados y estratos sociales del país, es que pocas, muy pocas personas le han dado, como decía Gabriel Zaid, el golpe a la lectura.

¿Por qué no leen los jóvenes? Porque no tienen tiempo. No hay dinero. Se duermen. Sus papás no les inculcaron la lectura. No saben qué leer. No entienden. Hacerlo no sirve para algo útil… y así hasta el infinito. La realidad, si es que existe cosa tan grande, es que si los estudiantes no acuden a las librerías, es porque nuestro gobierno no se ha preocupado por la educación de su pueblo, pues le ha ocultado, cuando personas como Vasconcelos han querido hacerlo, que existen los libros de Cervantes, de Ovidio o de Clavijero.

Veamos. Tiempo para leer, sí que hay, pues los jóvenes pasan más de tres horas al día en internet. Dinero, sí hay, pues un pomo, como le dicen los chavos a las botellas, cuesta, fácilmente, más de $500.00 en el antro. ¿Se duermen? Claro que sí. Después de verse bombardeados por colores, sonidos y cuerpos exuberantes en el cine o frente a la caja para idiotas (bello término acuñado por DuBois), quién demonios se va a entretener con la aburridísima pero profundísima Crítica de la Razón Pura, de Immanuel Kant. Sigamos. Los padres de familia sí tienen mucha de la culpa de la ignorancia de sus hijos. He tenido alumnos que me alegan que sus papás, sin estudios, han hecho grandes fortunas. Muy burgués el asunto.

Veamos. Los jóvenes no saben qué leer. Cierta vez, una alumna me dijo que ella leía libros clásicos. Yo, feliz, imaginé que íbamos a platicar sobre algún griego o sobre algún oscuro texto latino. Nada de eso. Ella empezó a desconstruir *Crepúsculo. ¡Bárbaro el problema!

En las librerías, como en las de Sanborns, uno puede encontrar a Carlos Pellicer o a Alfonso Reyes. ¿El precio? Escarbar entre los miles de volúmenes de superación personal y de administración que yacen sobre el pecho de los clásicos, que por cierto, siempre están más baratos que los que publica Gloria Trevi o algún administrador de la nada.

No entender lo que se lee por exceso o por falta de velocidad del pensamiento, como decía Pascal, es no saber leer. Leer es pensar, y actualmente pensar y discernir han sido dos actividades sustituidas por la acción pronta y por la corrección costosa. Leer a Dante o a Homero, gozar con Shakespeare o con Lope de Vega, se ha convertido en un lujo de las clases altas de nuestro país.

Para concluir, señalemos que leer un libro usado cuesta, a veces, la cuarta parte del salario mínimo. Un pueblo que no lee es un pueblo sordo, ciego y mudo, como dijo Sergio Pitol. Quien lee un libro se hace libre. Nuestros jóvenes están aburridos, son víctimas de lo que en francés se llama spleen. El día en el que a un joven mexicano se le aconseje "las lecturas buscad", como en el poema Reír Llorando, de Juan de Dios Peza, y nos conteste, "¡tanto he leído!", ése día podremos empezar a pensar en otra solución para la decadencia de nuestro México. Mientras tanto, a leer.