Una de las cintas que más esperé durante este mes fue el estreno de Héroes Verdaderos, un filme de animación mexicana que retrata los acontecimientos de la Independencia. Captó mi curiosidad por dos motivos principales: primero, ver de qué forma se plasmaban los sucesos históricos dentro de la película; y segundo, evaluar el crecimiento del cine nacional infantil. Ya en julio nos enterábamos que la cinta tenía cierto retraso. Sin embargo, logró sortear los obstáculos, y el 24 de septiembre se estrenó en las diferentes salas del país con una distribución de 400 copias.

Debo decir que, en precisión histórica, Héroes Verdaderos me sorprendió gratamente. Sin llegar a ser un filme histórico per se, no se toma demasiadas licencias creativas. Por el contrario, su pecado es la acumulación de información. El problema, desde mi perspectiva, es la forma en que se relata la historia. Básicamente, narra las peripecias de cinco personajes centrales (dos criollos y tres indígenas) que quedan involucrados dentro de la lucha de Independencia. El planteamiento es demasiado largo, pues después de 40 minutos de filme, prácticamente no hemos sabido nada del movimiento insurgente. La película es lenta, con un ritmo cansado, y un par de canciones — a la usanza de Disney —- que lejos de agilizar, estorban. Tal es el atropello que una de las interpretaciones suplanta la escena del grito de Dolores, restándole fuerza al relato.

En su afán por meter con calzador a los personajes ficticios, se le quita protagonismo a personalidades históricas que pudieron dar más. Por ejemplo, se elige a uno de los criollos como el villano de la película, cuando se le pudo dar más peso a la figura del general Félix María Calleja, cuya participación se reduce a un cameo. Ignacio Allende y Juan Aldama son prácticamente indiferenciables, no sólo por el dibujo, sino porque se les retrata como meros compinches del cura Miguel Hidalgo. Por fortuna, la cinta se redime un poco con la aparición de José María Morelos — con una excelente doblaje de Víctor Trujillo — quien lleva la carga de la cinta tras la captura de Hidalgo en Acatita a media proyección.

Sin embargo, la película se derrumba cuando Morelos es capturado tras escoltar al Congreso hacia Tehuacán. Y aquí la cinta va en caída libre. Tras ser apresado, el insurgente es enjuiciado, excomulgado y fusilado en una rápida sucesión de imágenes. A la par, se muestran las ejecuciones de Aldama, Allende e Hidalgo — cuyo paradero desconocemos desde la mitad del filme.

Por las prisas, la película termina con una sucesión de imágenes digna de una presentación de PowerPoint, una voz en off que resume la lucha de 1815 a 1821 en cinco o seis frases, y un collage en héroes menores (?) como Leona Vicario, Nicolás Bravo y Francisco Javier Mina. La cinta cierra con la firma del Acta de Independencia por parte de Iturbide, y un mensaje que derrama cursilería sobre la grandeza de México. Lo último que oímos es un grito desgañitado de “¡Viva México!” hecho por el director, en un capricho que taladra los tímpanos.

No obstante, aunque el filme es malo, el peor papel se lo llevaron los padres de familia que llevaron a sus hijos a la misma función a la que fui. Por culpa de la mala narrativa, la película deja huecos que no son fáciles de llenar por el niño — incluso aparece en un momento, descontextualizada, la batalla de Waterloo, en la que Napoleón pide el repliegue de las tropas españolas en México. En la sala, los chicos preguntaron qué pasaba, y se toparon con pared. La película, por desgracia, no sólo evidenció a los realizadores, sino también a los espectadores.

Al final, Héroes Verdaderos se queda en una excelente idea muy mal ejecutada. Podrá acusarse falta de tiempo o de presupuesto, pero la verdad es que la dirección es pésima. Si bien los guionistas hicieron su tarea — da gusto, por ejemplo, que se toque el encarcelamiento de Fernando VII — el híbrido de historias entre la trama ficticia y las campañas insurgentes jamás termina por cuajar. Paradójicamente, lejos de aspirar a imponer un toque distintivo, Héroes Verdaderos fracasa en independizarse de la tradición fílmica impuesta por Hollywood. Si la contrastamos con otras cintas de animación para niños (Nikté, La leyenda de la Nahuala), esta película significa un retroceso más para un cine mexicano infantil que no acaba aún por despegar.