Buscando una nota interesante y a la vez ligera para compartir con ustedes el día de hoy me encontré con este titular: “EU es culpable de la violencia en México, asegura la Iglesia.” Lo primero que me vino a la mente fue: “vaya, una perla de sabiduría más de los jerarcas católicos.” Luego caí en la cuenta de que, al menos parcialmente, la aseveración es correcta.

Una de las declaraciones del obispo Luis Felipe Arizmendi en la Asamblea de la Conferencia Episcopal Mexicana fue:

Ellos nos califican como un país violento, inseguro y son ellos los primeros culpables.

Por “ellos” se refiere, evidentemente, a los Estados Unidos. Fuera de lo visceral de la declaración, el obispo tenía dos puntos muy buenos a favor, Estados Unidos no está haciendo lo suficiente por regular el tráfico ilegal de armas y además constituye el mercado meta para los productores y comerciantes de droga en todo el país, e incluso en el resto de América Latina. Bajo esta lógica, es natural asumir que dicho país del norte es en parte responsable de la enorme violencia que azota a nuestro país. Y si son en parte responsables… deben ayudar en encontrar una solución, ¿verdad?

Sí, lo mismo opina el obispo:

Como obispos acordamos la opinión de que se tiene que presionar más a Estados Unidos para que haga su parte, que no quiera que aquí le resolvamos sus problemas. El asunto es de ellos y tienen que ayudar a resolverlo de la forma más corresponsable.

Alto aquí. Quisiera aprovechar este momento (y las declaraciones de Arizmendi) para llamar la atención sobre los dos más grandes vicios del mexicano (no sólo del mexicano católico, cabe destacar): (1) culpar a los demás de sus propios problemas, o en su defecto, de problemas compartidos, y (2) esperar que alguien más resuelva sus conflictos.

Sobre el primer punto, puedo asegurar que en el ámbito de violencia relacionada a las drogas, los mexicanos culparían principalmente a dos entes: Estados Unidos y el gobierno. Dejemos de lado al primero para enfocarnos en el segundo: el gobierno, ese temible monstruo corrupto, inútil y caro. ¿A quién culpamos en realidad cuando culpamos al gobierno? ¿Al nivel federal, estatal o municipal? ¿Al poder legislativo, judicial o ejecutivo? ¿A los titulares de las dependencias federales o a los jueces y magistrados? ¿A la marina o al ejército? ¿A Calderón? ¿O a Salinas, Zedillo, de la Madrid y tantos otros? ¿A todos?

El problema de la violencia en México no surgió la semana pasada ni hace cuatro años. Es, en realidad, una serie de eventos desafortunados, como la película. Es resultado de una sucesión de gobiernos que ignoraron un problema que pudo haber sido controlado y eventualmente eliminado; fue causado en el marco de un sistema gubernamental post-revolucionario que nunca terminó de cuajar y es una situación de relevancia regional que debe ser tratada no sólo por México y Estados Unidos, sino por la región latinoamericana en general.

Anécdota personal: en la cena de fin de año de mi oficina, mi jefe dijo: “la violencia en México se acabará cuando todos hagan lo que les corresponde.” Aunque sospecho que él se refería a todos en el gobierno, quisiera extenderlo un poco más. Este problema se acabará cuando entendamos que se trata de una responsabilidad compartida, no sólo entre países, dependencias o niveles de gobiernos, sino entre todos los anteriores y la sociedad civil.

Así que los dejo con una reflexión de Navidad, o Año Nuevo (aunque aún no llega), o Hannukah (aunque ya pasó), o Kwanzaa, o lo que gusten. Podemos ser como el obispo Arizmendi, quien ve una sola parte del problema y condena al supuesto responsable o podemos ser como, por poner un solo ejemplo, Isabel Miranda, quien, aunque también ve a un principal responsable, decidió proponer y actuar. Declaraciones, condenas y críticas hay muchas. Acciones son las que faltan.

Foto: el Espectador