El 23 de marzo de 1994 está inscrito con sangre en el imaginario político mexicano. En Lomas Taurinas, Tijuana, el entonces candidato a la Presidencia por el PRI, Luis Donaldo Colosio, recibió dos impactos de bala que le quitaron la vida. A pesar de su afiliación al tricolor, Colosio era reconocido como un candidato diferente. A 17 años de su muerte, es buen momento para recordar su historia y descubrir cuáles son los avances (y múltiples tropiezos) en la resolución de su asesinato.

La fractura

Luis Donaldo Colosio era un hombre de amplia trayectoria en el príismo. Había pasado por los puestos de diputado, senador y dirigente nacional. Incluso fue ungido como Secretario de Desarrollo Social, un puesto de reciente creación. Por esta razón, el presidente Carlos Salinas de Gortari —con quien guardaba una excelente relación— decidió designarlo como el candidato del PRI para las elecciones de 1994, en un tiempo en que ser abanderado del partido oficial significaba un boleto directo hacia Los Pinos.

Sin embargo, el 6 de marzo, frente al Monumento a la Revolución, Colosio dio el discurso con el que pasaría a la historia. Fue un discurso diferente, en el que Luis Donaldo se atrevió (como nadie antes) a criticar desde la tarima al gobierno federal, al príismo y al sistema. Una declaración que, por supuesto, incomodó a Salinas de Gortari.

“Yo veo un México con hambre y con sed de justicia (…) Un México de gente agraviada por las distorsiones que imponen a la ley quienes deberían de servirla. De mujeres y hombres afligidos por el abuso de las autoridades o por la arrogancia de las oficinas gubernamentales. (…) Sabemos que el origen de muchos de nuestros males se encuentra en una excesiva concentración del poder. Reformar al poder significa un presidencialismo sujeto estrictamente a los límites constitucionales de su origen republicano y democrático”

Dicho discurso causó un distanciamiento entre el presidente Salinas y el candidato, pues la retórica de Colosio Murrieta —intención real o mera propaganda— dejaba entrever a un potencial Presidente que reformaría las reglas del juego.

El asesinato

Otro de los distintivos de Colosio era su cercanía con la gente, situación anómala entre los políticos mexicanos. En lugar de pasar custodiado por numerosos guaruras, el candidato prefería acercarse al electorado sin el desplante de prepotencia. Los votantes lo consideraban la antítesis del político inalcanzable. Por desgracia, esta falta de protección le costó caro en su visita a la colonia Lomas Taurinas, en Tijuana, Baja California.

A la salida el mitin donde Colosio fue asesinado, las autoridades capturaron a Mario Aburto, un obrero de 23 años que fue señalado como el autor material del homicidio. Al ser llevado ante las autoridades, Aburto confesó haber perpetrado el atentado, razón por la que fue declarado como culpable. Sin embargo, los peritos cuestionaron la hipótesis del asesino solitario, pues consideraban imposible que una persona pudiera realizar ambos disparos.

Ante la sospecha, las autoridades también capturaron al ex policía Tranquilino Sánchez y a Vicente y Rodolfo Mayoral —padre e hijo, respectivamente—. El fiscal especial Miguel Montes fue el encargado de conducir dichas investigaciones, retomando la hipótesis de un complot orquestado desde las altas esferas políticas. Sin embargo, Diego Valadés, entonces titular de la PGR, contradijo a Montes y se enfrascó en la teoría del asesino solitario. Al final, el procurador declaró a Aburto como único autor del homicidio, argumentando que el cuerpo de Colosio dio un extraño giro de 180 grados durante la caída. Montes salió por la puerta trasera y la fiscal Olga Islas fue la encargada de lograr que Aburto fuera condenado a 45 años de cárcel.

El pantano

A pesar de la explicación de Valadés, el presidente Ernesto Zedillo ordenó al procurador Antonio Lozano Gracia que se reabriera el caso. Lozano designó a Pablo Chapa Bezanilla como nuevo fiscal especial, quien señaló a otro sospechoso en el caso. Se trataba de Othón Cortés —otrora chofer del CEN del PRI en Tijuana— quien se hallaba al lado de Colosio esa fatídica mañana. Cortés fue sometido, torturado y maltratado por las autoridades para obtener una confesión. En su libro biográfico El segundo tirador (2009), Othón señala que la PGR lo presionó para incriminar a Manlio Fabio Beltrones, amigo cercano a Luis Donaldo —y hoy en día, presidente del Senado—. A pesar de que le rompieron la dentadura, Othón se negó a mentir en la declaración.

Fue hasta agosto de 1997 que se nombró al último fiscal especial del caso, Raúl González Pérez. El nuevo fiscal ofreció una explicación consistente, avalada por estudios de balística y pruebas de peritaje, que explica cómo Colosio sí recibió los dos disparos por parte de Aburto. En el ocaso de su administración, en 2000, Ernesto Zedillo dio por buena la explicación, cerrando la discusión sobre el autor material del homocidio. Por supuesto, la hipótesis del complot —que señalaba a Salinas como autor intelectual— ni siquiera fue tomada en cuenta en las investigaciones.

17 años después

Hoy en día, la investigación oficial se encuentra inaccesible para el público en general. Los documentos del caso Colosio están resguardados en calidad de reservados en el Archivo General de la Nación, ya que se les considera como de alto valor histórico. El Instituto Federal de Acceso a la Información estipula que los archivos reservados —es decir, sin cerrar ya que se espera la aparición de nuevos elementos para revivir el caso— no están disponibles para consulta civil. El archivo podría consultarse hasta 2035, año en que termina la condena de 40 años en prisión de Mario Aburto.

¿Qué significó la muerte de Luis Donaldo Colosio? Muchos expertos apuntan que el asesinato del príista fue el inicio de la caída estrepitosa del tricolor. Aunque ganó la elección de 1994 con Ernesto Zedillo, nunca antes había enfrentado a una oposición tan fuerte, comandada por Diego Fernández de Cevallos y Cuauhtémoc Cárdenas. Un sexenio después, Francisco Labastida pagaría el descontento civil con el príismo, perdiendo ante el primer Presidente de oposición, Vicente Fox.

Al final, la muerte de Colosio queda como una mancha indeleble en la historia política del país. Sobrevive la sospecha de que la fractura entre el candidato y el presidente Salinas terminó por costarle la vida. Colosio, como candidato, es recordado solamente por el gran discurso que dio, la promesa de un México mejor y más justo. ¿Lo habría cumplido? Nadie lo sabe. No obstante, su homicidio sentó un precedente para que, seis años después, los mexicanos sacaran en las urnas al príismo enquistado de Los Pinos.

Imágenes: Ulises Castellanos / La Bamba / Life / Daylife