“¿Quién de ustedes ya leyó la Constitución?” —preguntó sonriente e incisivo detrás de sus lentes rendondos, adivinando la respuesta en nuestras caras de, supongo, niños tontos (pero eso sí, bien intencionados). El diablo siempre sabe más por viejo que por diablo— “¿Ninguno?”
Silencio; miradas al piso y sonrisas chuecas, propias de quien repite como mantra “que a mí no me pregunte, que a mí no me pregunten”.
“¿Y entonces, qué van a hacer si los agarra la policía por andar de la mano con su novio?”
Toño Blanco, en ese entonces cabeza de Diversitas (una agrupación de la UDLA Puebla) alzó la mira tímido. Tenía un folleto entre las manos: “Aquí dice que tenemos derecho a expresar nuestros afectos”.
“Sí, eso dice” —la sonrisa de Arturo parecía crecer— “pero ese es un acuerdo internacional, que no está en la Constitución ¿sabían que en su Estado, en Puebla, el bando de justicia y buen gobierno sanciona los ‘actos de homosexualismo’ y que, esos actos, son a juicio de los policías?”
Era obvio, no lo sabíamos; nuestras cabezas agachonas eran elocuentes.
“Y a ver, si los agarran por darse un beso, ¿Qué les van a hacer?” —el silencio era insoportable —“Es una falta administrativa; los pueden multar, pero no encerrar. ¿Ven? Hay que entrarle a la constitución, hay qué saber a qué tienen derecho y a qué no. ¿Cómo van a protegerse si no saben qué está escrito ahí? Hay que entrarle muchachos ¿Cómo van a saber a qué tiene derecho si no la leen?”
Acto seguido, le entramos a la Constitución, al bando de buen gobierno y las declaraciones internacionales. Repasamos todos los artículos referentes a los derechos sexuales, uno por uno, sin entender gran qué, pero azorados por su ejemplo. Él no necesitaba leerlos, sabía de a qué iba cada uno y nos los explicaba como se cuenta un chiste, o se desmadeja un recuerdo.
Tenían, los más grandes, 22 años; los más jóvenes oscilábamos entre 18 y 19. Horrorizados, nos dimos cuenta esa tarde de que el país en que vivíamos no contemplaba gente como nosotros; gays, lesbianas, trans, bisexuales… Y que si queríamos una vida que realmente fuera nuestra, teníamos que luchar por ella.
Esta escena ocurrió hace siete años, en la sucursal de Mexfam, en la ciudad de Puebla. Nos encontrábamos integrantes de diversas —en ese entonces llamadas— Organizaciones No Gubernamentales, Diversitas, Vida Plena, La Manta de Puebla, Juventud Alfa, Colectivo El Torito; muchas de ellas ahora desaparecidas. El movimiento por la lucha de los derechos sexuales y reproductivos comenzaba a tomar fuerza en la ciudad y, por alguna extraña razón, queríamos ser parte de ese empuje. Arturo Díaz Betancourt, director de Letra S, activista, pero sobre todo ciudadano, estaba ahí para capacitarnos, para darle fuerza a esa ola que quería un cambio pero no sabía cómo lograrlo, que organizaba eventos acéfalos y dirigía sus fuerzas, tal vez, a las trincheras equivocadas.
¿Y aquí todos son gays? —preguntó— ¿Dónde están las chavas? Bueno, las “auténticas” —risas —¿Y los bisexuales, y los trans, y los bugas? ¿Porqué aquí no hay bugas? Los heteros tampoco las tienen todas de ganar ¿Saben lo que es el estupro? ¿Que aunque en los folletitos que ustedes andan regalando dice que todos tenemos derecho a empezar nuestra vida sexual cuando queramos y con quien queramos, eso no es verdad, que las leyes mexicanas marcan que eso es hasta la mayoría de edad? Esto es un asunto de todos, no sólo de maricones. ¿En sus agendas de incidencia política, qué eventos tienen programados para los bugas?… ¿Ninguno?
Ese fue un buen año para el activismo en la ciudad. Arturo estuvo presente en las actividades académicas y culturales de la Semana Cultural de la Diversidad Sexual y la Marcha del Orgullo —la navidad gay, bromeaba uno de nuestros compañeros. Lo recuerdo con megáfono en mano y dando instrucciones: “a ver, ven, allá los coches se quieren pasar, no vayan a atropellarnos; ve a tapar el tráfico”, “dile a los de la camioneta que vayan más lento” o “allá se está haciendo un hueco, jálate a unos y llénalo”. Lo recuerdo, como dicen ahora los obituarios: incansable. Teníamos menos de 22 años y al final del recorrido estábamos muertos. “¿Y qué, no van a arreglarse para la fiesta?” Sí, él, como si nada.
Supongo que en estos tiempos ya no existen los héroes. No sabría decir si Arturo fue uno. Lo que sí sé por las pocas veces que conviví con él, pero por lo mucho que escuché y leí su trabajo, es que él era un hombre de fe; fe que no depositaba en una deidad, inalcanzable, sino en nosotros, en sus pares, en su país, en la educación. Fe que se tradujo en lo que allá, en los primeros años del 2000 nos parecía imposible y que ahora que recorro las calles del DF comienza a traducirse en una realidad: la posibilidad de vivir una vida digna, donde no debas ocultarte por a quién amas ni por quién eres. Donde ser valorado o despreciado por méritos propios, no por una preferencia qué ni siquiera elegiste. Porque si la vida no es justa, nosotros podemos, al menos, intentar serlo.
Aun falta mucho por hacer, pero confío en gente como el señor Díaz Betancourt que, a diferencia de mí u otros compañeros de esa tarde, no perdió la fe en el país y sus ciudadanos; gente que sigue trabajando por lo derechos de todos. No de una minoría, sino de todos. Porque en esta vida —creo—, compartimos el mismo destino como humanidad, y la humillación, el robo de dignidad del uno o de la otra, es una afrenta para todas y todos, incluso para el victimario. Insisto, confío en que muchos, como él, no pierdan la fe en que el mundo, mañana, puede ser distinto. Y, por qué no, mejor.
Ayer falleció este incansable activista, pero su legado, su granito de arena, lo seguiremos recordando quienes lo conocimos por un ratito, quienes compartieron su vida o, incluso, por quienes ni siquiera lo conocieron pero ahora gozan —y gozarán— lo que él y mucha más gente ha logrado con trabajo constante. Descanse en paz, señor Díaz Betancourt. Y gracias por todo, sobre todo por la fe.











“Hay que entrarle a la constitución”
Cierto, siempre he dicho que deberian impartir algo aasi como derecho desde la primaria para que cuando uno conozca sus derechos mas basicos.
El abuiso de la “autoridad” se da porque la gente no conoce sus derechos y los pitufos nos hacen tontos.
Honestamente a mi como que me es indiferente si son o no son… lo que me da gusto es que hay gente que se toma la molestia de informarse y no dejarse cuentear…
Pues que bueno que hubo gente así, hace falta más gente así hoy en día. Deseosa de informarse y no dejarse engañar.