La tarde comienza a refrescar en la Plaza Río de Janeiro. Oficinistas con la corbata a medio desanudar pasan ligeros, casi flotando de cansancio, sujetos al suelo únicamente por esas carpetas imitación piel que a diario cargan como escudos de caballería. Provienen de la estación de Metro Insurgentes, o de la homónima de Metrobus, y se dirigen a casa. Uno lo adivina por la rapidez —seguramente incentivada por el cansancio— con que cruzan el diámetro de la plaza, contando los minutos para desprenderse de esos mocasines que se antojan torturas medievales. Pero verlos pasar no es el pretexto para sentarse por la tarde en una de las bancas que rodean a la fuente coronada por una réplica del David de Miguel Ángel. El verdadero móvil es presenciar una faceta amable de la comedia humana.
Con la caída del sol, los vecinos de la Colonia Roma sacan a pasear a sus perros. O a sus niños. (A veces a ambos). Sueltan las cadenas y los dejan convivir en una extraña utopía capitalina de fraternidad espontánea. Y el espectáculo es entrañable. Acostumbrado a soportar empujones en el Metro, descortesías en los cruceros viales y vivir bajo el terror cotidiano de la inseguridad y la violencia, las tardes entre semana en la Plaza Río de Janeiro ofrecen un remanso de paz y nos recuerdan que, antes de chilangos, somos seres humanos. Observar la facilidad con que niños y perros conviven —entre la misma especie y con la otra— tiene un no-sé-qué que revitaliza el alma cansada y paranoica, enferma de cotidianeidad gris pavimento.
Cada colonia de la Ciudad de México tiene su particularidad; incluso sus estereotipos. El sino de la Colonia Roma es su diversidad. En sus calles uno puede encontrar lo mismo hipsters de vanguardia, que marchantas atendiendo sus fruterías; chicas de ascendencia argentina deleitándonos con su minifalda y actitud de insoportable de última-Coca-Cola-del-desierto que el mecánico bigotón que sin reparos deja ver la media luna fuera de sus pantalones cuando se agacha a componer un coche; o escritores nice y oficinistas de rayón. Todo cabe en la colonia Roma, y cual muestra estadística se reúne en la Plaza Río de Janeiro.
Ese toque de vieja ciudad de México lo da un señor de canas, con dos perros juguetones de raza mezclada. Auténticos solovinos juguetones que igual saludan a un perro que a una niña vestida de princesa. La chica hipster cuyo atuendo me recuerda a mi abuela, platica con un auténtico monolito de gimnasio; los galgos de ella decidieron hoy pasar la tarde con el labrador del muchacho en esteroides. Nadie parece querer hablar con la señora de pants y accesorios que harían ruborizarse a “Nacaranda”, pero su coqueto french poodle con vestido ha decido que el dueño de un salchicha le haga plática a su dueña mientras ellos juegan.
Misma situación con los niños. Aquella cuyos padres trajeron vestida de princesa juega en la fuente con un niño que hace unos minutos ofrecía chicles; se les uno gordito, con el uniforme de la escuela manchado con salsa de auténtica fonda. En unos años ella no encontrará motivo para hablarles a ambos, pero ahora platican y juegan con el agua.
En este rincón de la ciudad se materializa todas las tardes una pequeña utopía. Vale la pena sentarse aunque sea unos minutos para observarla y recobrar la sonrisa que un día de trabajo y mocasines apretados nos han robado.








Excelente apunte…tardes como estas se extrañan mas cuando vives lejos de tu querida ciudad de México…