¿Quién es un intelectual? Un panadero es quien hace pan, una jueza la que dictamina sentencias, el estudiante quien estudia, la marchanta quien vende... ¿Pero un poeta? Ya en su República --cimiento lejano de occidente-- Platón pedía coronarlos con laureles para entre guirnaldas y flores despedirlos al exilio: en la patria perfecta de los filósofos no había --nunca lo hubo-- espacio para Homero. Y tal vez de ahí provenga esta aura de proscrito que asociamos al poeta: sin ancla al mundo, a la deriva en el lenguaje, buscando naufragar en la belleza... lejanos, siempre, a la política y las vicisitudes de los diarios, al trajín del sinsentido y los trabajos de 9 a 6; buscando --como Moisés-- la tierra prometida, la patria de los suyos, los amantes de la belleza.

Pero eso es sólo una imagen poética (sic). Ya desde Rubén Dario (y otros antes, pero --disculpas-- a él lo tengo más a la mano) el poeta había perdido su aura. Condenado al hambre y sin el lujo de ser ya un proscrito elegante, el poeta se rebela al orden establecido que le pide --le exige-- ser un ente económicamente productivo, integrado al sistema y dedicado --exclusivamente-- a la creación de una belleza complaciente y funcional; versos inofensivos y aprisionantes como un anillo de bodas o un reloj de sol para decorar los jardines del nuevo Rey Burgués. Pero no se entienda esta rebelión como la producción en serie de obras panfletarias: piénsese como la determinación de defender la patria de la belleza, el lugar más inútil y necesario para que la vida del hombre sea digna de llamarse así.

Un poeta de nuestros tiempos convocó hace unos días a la rebelión, a la defensa de todo lo bueno y bello que este mundo nos ha quitado. Su voz ha hecho eco --tanto en poetas como en gente de a pie--, incluso aún y cuando él se ha declarado, a partir de este momento, mudo. Ayer, en todo el país, millones marcharon; movimientos dispersos se unieron a una lucha que aunque desarticulada en este momento busca articularse en un fin común y sencillo: devolverle a nuestra patria todo lo bueno y bello que el Gobierno (la mayúscula es mera formalidad de estilo; ustedes disculpen) y los criminales nos han arrebatado. Bajo la consigna --si se quiere, nada poética-- de "estamos hasta la madre", ha comenzado un movimiento al que no podemos anticiparle un final.

Ésta es la crónica de una marcha que sucedió un miércoles por la tarde en la Ciudad de México. Una movilización a ratos esperanzadora, a otros desconcertante. El testimonio de alguien que ni es periodista, ni es poeta; a lo sumo, un blogger, que es como el hijo --eterno adolescente-- de ambos. Un tipo común, como cualquier otro, pero con el privilegio de que usted --tú, si me permites la confianza-- me lea. Y aquí me baño en salud: que amparado por la emotividad aún presente en mi sistema se me perdonen los juicios que emanan mi subjetividad, mi ingenuidad y descanto. Esto no es un periódico, es un blog y su principal maravilla es permitirnos este lujo: hablar desde uno mismo y en primera persona.

Todo comenzó en Bellas Artes...

Ya lo dije antes, no soy un periodista. Me hice acompañar de una amiga --una entrañable-- y acudimos al llamado --lo confieso-- por la curiosidad malsana de escuchar una propuesta concreta: qué hacer yo --nosotros (ella, mi familia, mis amigos)-- por un país nuestro que se balancea en la orilla de la catástrofe, donde la violencia es algo cotidiano y lejano; muertos en el norte, en Michoacán, en Cuernavaca... allá lejos; lejos del metro que tomo todos los días, del café desde donde escribo, de los camiones donde me aíslo escuchando música, de las miradas que intercambio en los bares. Una violencia a la que --¡horror!-- nos hemos habituado.

Nuestras primeras impresiones al salir de la estación de Metro Bellas Artes fueron de desconcierto con tintes de decepción. A unos metros de la salida estaba un muchacha --casi apenada-- entregando panfletos del partido del Sol Azteca y una más adelante con otros del PT. Se había insistido en que la marcha no debía ser politizada en el sentido de la inclusión o presencia de los partidos políticos, y sin embargo, ahí estaban por órdenes de algún cínico oportunista dos muchachas que --pobres-- tuvieron que soportar miradas recriminatorias por hacer el trabajo sucio de alguna rata sentada cómodamente en el escritorio de su alcantarilla. (Vuela la imaginación: los veo antropomórficos encendiendo un puro con un billete de quinientos pesos).

En la puerta de Bellas Artes, protegidos del sol por esos pilares magníficos de uno de los emblemas de la capital, un nutrido grupo mostraba pancartas con las leyendas acostumbradas de "NO + Sangre" y "Ni uno más". Unos jóvenes pintaba en el piso carteles de último momento y bromeaban y reían antes las cámaras. Y este, creo, fue el primer momento de la marcha: Había más cámaras --profesionales, de celular, amateur-- buscando la noticia, la imagen privilegiada para tweetpic, el recuerdo, que personas preparándose para un acto político. No soy un experto en marchas y mítines, pero creo que jamás había visto una marcha con tantos lentes disparando...

En medio de estos preparativos --faltaban diez minutos para la hora señalada-- vendedores ambulantes se paseaban por la explanada ofreciendo bebidas, cigarros, banderas por la paz y estampas con la leyenda de "No + Sangre". Los acostumbrados repartidores del "Machetearte" (es publicación que es alma controvertida del Centro Histórico) repartían su publicación a cambio de cooperaciones voluntarias y la consigna de "Llévatelo antes de que el Imperio nos parta la madre". Como turistas --no puedo explicar de otra forma el sentimiento de extrañeza que nos invadía-- andábamos de célula en célula escuchando conversaciones y tomando fotografías con el celular. Absortos como estábamos, no nos percatamos que un colectivo se situó atrás de nosotros.

Lo notamos cuando comenzaron a lanzar proclamas donde imperaba la voz de mujeres jóvenes. Eran alumnos y alumnas del Claustro de Sor Juana que llevaban entre manos ramos de "nubes", esa flor tradicional que acompaña las tumbas de "quienes se nos han ido". Un par de --exquisitas muchachas; perdonen también el ojo alegre-- comentaron mordaces que vaya publicidad se estaba haciendo el Claustro. Y parecían tener razón, la manta era uno de esos promocionales que las universidades utilizan como estandarte en la batalla por reclutas. Pero, no. Al menos ellos no lo estaban utilizando así: era su símbolo de unión --creo--, el tótem que los protegía...

Hasta ese momento todo era caos. Consignas aquí, gente fumando y platicando allá. De Bellas Artes un megáfono lanzaba proclamas intermitentemente. Hasta que llegó el momento en que se formó la cabeza de la marcha y bajo una misma consigna todo comenzó a tomar forma. No lo niego, un hormigueo me recorre aún ahora que recuerdo cómo todas esas voces dispersas y distraídas se unieron en un solo: "¡Fuera Calderón!" que --casi puedo jurarlo-- se escuchó hasta el zócalo. Así comenzó todo...

El contingente comenzó a marchar sobre 5 de Mayo. Al cruzar el Eje Central, como conejos abandonando su madriguera, reporteros y curiosos saltaron a disparar sus cámaras. Proclamas de "Queremos paz", se alternaban con "No más sangre" y "Asesinos". Metros más adelante, un grupo tomó la delantera y extendió una manta: "Calderón, asesino de jóvenes". Empleados de restaurantes y tiendas se asomaron sin descuidar su puesto de trabajo. Transeúntes desconcertados se detuvieron un momento tratando de dilucidar contra quién se protestaba en esta ocasión... en sus caras se adivinaba cierto malestar vuelto costumbre: una marcha más camino al zócalo...

Mi amiga, Adriana, se adelantó para tomar fotografías mientras yo hacía apuntes en mi teléfono. Al reencontrarnos metros adelante, cerca de la calle Bolívar, noté cierta expresión de duda, de desconcierto. Al interrogarla, me respondió que entendía una parte y otra no. Sí, las consignas contra Calderón estaban bien. A todas luces ha demostrados ser un inepto para tan alto cargo. Sin embargo, ella extrañaba las consignas contra el crimen organizado. "No quiero a Calderón en el poder, pero tampoco quiero Zetas o Narcos", dijo. Aprovechó el momento para platicarme cómo vio la situación en el norte (nuestro "allá, lejos..."): en el hotel le dijeron que no hablara con nadie, mucho menos con taxistas o meseros. En las escuelas que fue a evaluar le pidieron que no saliera a ninguna parte, y mucho menos a determinados puntos: "Allá matan", le dijeron. Ellos, los innombrables... las bestias desatadas por una Pandora que ni cándida ni inocente abrió la caja para legitimarse...

Sin darnos cuenta, llegamos al zócalo. Fue un trayecto corto desde Bellas Artes. La proclamas no pararon en todo el camino e incluso hubo participantes que aprovecharon la marcha para sus causas particulares, como un trío de jóvenes que parodiaron los letreros de "Ni uno más" por "Ni un toro más" y otro con la leyenda de "Las civilizaciones se juzgan por el trato que le dan a sus animales". Supongo que en una marcha como ésta todas las inconformidades tienen cabida, tal y como en una pela de pareja o con la familia salen todos esos viejos rencores. Y, regreso a la primera línea de este párrafo: entonces llegamos al zócalo y terminó este segundo momento: el de la marcha, igual en apariencia a tantas otras. Pero comenzó lo que pienso fue un tercero, uno demoledor.

El zócalo estaba ocupado por el campamento del Sindicato Mexicano de Electricistas, quienes en un extraño espejismo parecieron salir de cierto sopor al ver la marcha pasar frente a ellos. Unos, al tener el contingente cerca, comenzaron a gritar consignas a favor de su movimiento. Rostros --algunos malencarados-- viraron hacia ellos que, al poco y entre risas, callaron. Otros salieron de sus tiendas y se acercaron al perímetro del zócalo, aplaudiendo al contingente que buscaba la plataforma donde los oradores nos darían esa propuesta concreta de primera mano: el cenit de la movilización.

Nos adelantamos para quedar justo frente al estrado. Poco a poco la ciudadanía fue tomando su lugar y del micrófono comenzaron a salir las primeras lecturas; la carta abierta que envió Javier Sicilia al Gobierno y el crimen organizado; poemas; algunos textos redundantes... Los fotógrafos, por turnos, subían al estrado a capturar una imagen de la inmensa masa que se dibujaba sobre la explanada; algunos obedecían cuando se les pedía que bajaran para permitirle el paso al resto; otros, como niños berrinchudos, se hacían guaje y buscaban la forma de permanecer ahí arriba, dominando la escena.

Los textos, todos, fueron emotivos; incluso los más redundantes. Sin embargo, las poesías --modificadas para la ocasión o íntegras-- comenzaban a hacer mella. Y al menos para mí, fueron fórmula para un nudo en la garganta cuando una mujer, vestida de negro con una gorra morada y unos lentes, acompañada por un niño y un adolescente se acercó al estrado. Ella lloraba, y en su llanto había ese dolor, esa desesperación que a cualquiera le hace recordar que éste es un verdadero "valle de lágrimas".

Cada que alguien mencionaba a "los muchachos" que murieron con el hijo de Sicilia (los otros, los que no tienen un papá escritor, poeta), ella gemía "se llamaba Juan". Una y otra vez, como un mantra: "se llamaba Juan", destrozándonos a nuestro alrededor, haciéndonos extrañar esos minutos antes cuando esas matanzas sucedían "allá, lejos", donde los muertos y sus deudos eran casi personajes de novela. Tener a esta mujer, a esta madre --como la tuya, como la mía, como la de Juan-- simple y sencillamente me destrozó los nervios. Ella no quería subir al estrado. Ella no quería salir en los periódicos. Ella no es poeta, ni escritora, ni quería serlo. Ella quería simple y llanamente que a su hijo no se le borrara el rostro. Que todos lo supiéramos. Que mataron a Juan. Que ése Juan --que ella traía en fotografías impresas desde la computadora-- ya no estaba entre nosotros. ¿Era mucho pedir?

Y entonces vino la rapiña. Un fotógrafo se dio cuenta de que ella se caía pedazo por pedazo y comenzaron a fotografiarla. Uno se acercó y le susurró algo al oído. Ella se negó. Le volvió a susurrar algo y entonces accedió a ser fotografiada. Después se agachó para poder hablarle al niño: "tienes que ser fuerte", le dijo y disparo su cámara. Acto seguido, se retiró con una gran sonrisa ¡Vaya tesoro te llevaste entre manos! Otros fueron más discretos y, como no queriendo, la fotografiaron una y otra vez, buscando el mejor ángulo de las lágrimas, la mueca de dolor oportuna, el olor a primera plana. Pero --me digo, para no parecer tan ingenuo-- tan sólo hacen su trabajo.

Los textos de Sicilia, los más emotivos

No le veo gran sentido a reseñar los textos que uno tras otro se fueron sucediendo, todos precedidos por una presentación que me pareció inútil cuando no ofensiva. "Yo soy ______ y vengo de ______ para leerles un _______ de _______". La misma fórmula... parece que por un instante se les olvidó que ellos no eran ellos, que ellos eran nuestra voz y que nuestra voz no tiene un nombre. Que a mí --y a muchos-- no importaba un bledo quiénes fueran o lo bonito que escribieran. Nos importaba estar ahí para hacer algo, lo que fuera. A final de cuentas, la marcha fue convocada por un poeta, pero no por el poeta, o por el hijo que injustamente se le arrancó, sino por todas y todos lo que han perecido en este absurdo.

Insisto, periodistas de oficio podrán darles pormenores más detallados y bajo las normas rigurosas del estilo periodístico. Yo sólo quiero reproducir un poema que Sicilia recuperó en su discurso: First They came... por el Pastor Martin Niemoller:

First they came for the communists,
and I didn't speak out because I wasn't a communist.

Then they came for the trade unionists,
and I didn't speak out because I wasn't a trade unionist.

Then they came for the Jews,
and I didn't speak out because I wasn't a Jew.

Then they came for me
and there was no one left to speak out for me.

Sí, primero vinieron por unos --los de allá, lejos--, pero poco a poco están viniendo por todos. Por nosotros.

Tras la última misiva, que el mismo Sicilia leyó en el mitin de Cuernavaca, y donde se le pone un ultimatum al Gobierno Federal y al crimen organizado, se dio por terminado el acto. Muchos, inconformes, se quedaron con las ganas de subir y hablar, de aplicar la consabida fórmula: "Hola, yo soy_______"... y tener su participación en este acto, sus quince minutos de estrado...

Sólo un par de jóvenes, dos chicas, subieron al escenario --ya no había otra forma de llamarlo en ese momento-- y comenzaron a gritar. "Ellos hablan por los jóvenes, pero no son jóvenes. Los jóvenes queremos que nos escuchen". Para ese momento --qué simbólico-- el micrófono ya había sido retirado; la chicas gritaban a pulmón tendido. Otro joven, uno situado atrás de mí, les grito: "¡Hablen, las escuchamos!". Un oportunista les tendió un micrófono que --pobres-- iba directo a su cámara, no a la bocinas, como ellas creían. Las chicas titubearon y sólo atinaron a decir --pareciendo más grupies que activistas--: "No vean la televisión, infórmense por otros medios. Uno puede educarse a sí mismo". Y en ese momento perdieron toda la atención: un viejo discurso que ningunea a todos, que nos tilda de ignorantes y las coloca como "las iluminadas" que guiarán el camino... "yo pensé que iban a sugerir que nos organizáramos" -dijo el mismo joven que antes le había pedido que hablaran- "no sé, cuadrillas, patrullas ciudadanas, algo... no esas mamadas".

Y poco a poco el zócalo se fue vaciando, comenzando un cuarto momento: el regreso a la cotidianeidad. Un regreso para todos --claro-- diferente, pero done al otro día hay trabajo, donde sí, hay un deadline para el Gobierno pero también hijos a quienes darle de cenar y horarios qué cumplir. Algunos --tal y como habían invitado los oradores-- procedieron a dejar sus ofrendas en la asta pelona de bandera. Veladoras, flores, mantas fueron una a una situándose como recordatorio de los idos... de los injustamente arrancados. De Juan...

Cruzando el centro, evadiendo a los chavos que reparten panfletos, a las esculturas vivientes, a los asalariados que van camino a casa, Adriana y yo compartimos impresiones. Coincidimos en que sí, la necesidad de un cambio se ha hecho patente. La sentimos en la vibración de las consignas, en los gemidos de la madre, en las ovaciones a los poemas. Pero la unión, el jalar todos parejo y bajo un mismo plan de acción aún no se ve tan claro. Diversos actores sociales se presentaron, pero todos en su papel y diferenciándose de los otros. Sí, uniéndose, pero no perdiendo esa identidad que los distingue del resto, sin conformar esa masa ecléctica que debe ser la ciudadanía. Eran grupos, muy cerrados, conformados, que unian sus intereses a la causa... y creo que ese era otro boleto muy distinto.

A varias horas de descansar lo pies y llenar el estómago, comienzo a pensar que me desgrada un poco que se considere el "hasta la madre" que por fin sintieron los "intelectuales". Cero que me siento más en sintonía con la imagen de un padre al que le arrebataron lo que a sus ojos era lo más bueno y bello de este mundo, porque ese padre que busca hacer hasta lo imposible por su hijo --incluso después de asesinado-- me hace más sentido que el intelectual sabio y comprometido que es la revisitación del llamado Caso Dreyfus.

Ese padre que ahora está orando en el zócalo de Cuernavaca se parece a mi padre, o al padre de mis amigos, o al padre que podría ser yo llegado el momento de procrear. Ese padre que ya no es Javier Sicilia, que ya no es El Poeta, ha transfigurado en otra cosa: algo más universal que nos llama no a vengar a los muertos, sino a devolvernos la vida, a devolverles la dignidad que le robaron a los que fueron. A recobrar en nosotros todo lo bueno y bello que habita en el mundo.

Fotografía: Adriana Espinosa Gaona

Ismael Flores

Mexicano, 27 años, egresado de la maestría en Letras Iberoamericanas. Actualmente se desempeña como freelancer editorial y el novio que tu mamá odiaría tuvieras. Más artículos del autor »