Desde hace un año he evitado por todos los medios asistir a un museo los domingos. No me había atrevido a hacer pública mi confesión porque temía ser tachado de mamón, neurótico o snob. Sin embargo, después de leer un post en Hazme el chingado favor! sobre lo tortuoso que puede ser visitar el Museo Nacional de Antropología e Historia un domingo, que la entrada es libre, puse sentir que no estaba solo esto.

Los museos son parte fundamental en la educación que, si me permiten acotar, nunca termina. Sin embargo, nadie nos enseñó cómo comportarnos en ellos o la importancia que tienen en nuestra formación personal o profesional. Asistir en domingo a un museo puede ser una experiencia muy desagradable y que, al menos en mi caso, puede derivar en un intento de genocidio. Por ello, aprovechando que hoy es Día Internacional de los museos, doy mis cinco recomendaciones sobre cómo debes comparte en uno.

¡Por amor de Dios, lee!

Si los museos fueran publicaciones de papel, equivaldrían a enciclopedias, no a revistas. Por ello, pierdes tu tiempo hojeándolos. Cuando pasas de vitrina a vitrina, o de cuadro a cuadro, sin detenerte un momento a apreciar los detalles, o sin leer la plica informativa, me temo estás perdiendo tu tiempo de una manera terrible. Es el equivalente a pasar una noche de insomnio en un eterno zapping.

Sé que muchas veces la museografía no es la mejor. Los curadores a veces pierden de vista que no tenemos el dominio que ellos poseen en la materia, o simplemente las instalaciones (o el presupuesto) del museo no dan para más y deviene en una iluminación deficiente o en tamaños de letra que sonrojarían a una hormiga con su pequeñez.

Sin embargo, hay que hacer un pequeño esfuerzo. Vale más la pena visitar sólo una sala (o media, si gustas) pero explorarla a consciencia. Por lo general, en los escritorios de información, hay mapas, guías y trípticos sobre las exposiciones; échales un ojo y decide qué te interesa o te da curiosidad. Insisto, más vale visitar sólo la sala de cultura mexica en el Museo Nacional de Antropología, que recorrer todo el museo —que es inmenso— y al salir meter la pata diciendo que los Voladores de Papantla son parte de la cultura yaqui.

Habla en voz baja

Exponer tu ilimitada sapiencia (o ignorancia) respecto al arte abstracto o la cerámica fenicia puede resultar molesto a quienes no planeamos visitarte como parte del museo. Sí, las salas de exhibición no son capillas ni velorios, pero tampoco el salón de clases de un kínder. Habla, comenta, incluso haz un chiste si gustas, pero hazlo con tus acompañantes. Ellos tienen motivos para soportarte; los demás, no.

Siéntete libre de dedicarle un coqueto ¡Shh! a quien se le esté pasando el nivel de decibles. Y si te lo dedican, tómatelo en serio y baja tu nivel de voz. Si paras la oreja te de darás cuenta que los guías mantienen un nivel de voz medio. A donde fueras, haz lo que vieres.

Y tan molesto como el ruido, es también estorbar a la vista. Procura ser consciente de los demás mientras estás leyendo. No acapares toda la vitrina o la plica para ti solo. Especialmente si a ti a tu hijo o hija la han mandado de la escuela a copiar todas y cada una de las palabras que están desperdigadas por el museo. Para eso hay internet y harto lindos catálogos de la exposición donde viene la misma información.

(Si eres maestro o maestra y mandas a tu alumnado a copiar las plicas de un museo, espero que te caiga una maldición maya, igual que le pasó al rostro Elba Esther. En verdad no lo hagas. Ni aprenden, ni disfrutan, ni nos dejan aprender o disfrutar. Actualízate o, de plano, sé lo suficientemente cínico para ponerles una película en clase y salirte a fumar).

Controla a tus bestias hijos

Te entendemos, eres una madre formidable o un padre que quiere darle lo mejor a sus hijos. Y en serio, te congratulamos. Pero parte de ser formidable o querer darles la mejor educación, es enseñarles a observar, leer y respetar. Si “les sueltas la correa” a tus escuincles, ellos correran por todo el museo, pegaran manos y mocos a los cristales, nos deleitarán con sus chillidos hasta hacernos sangrar los oídos y jugarán complicados juegos como “a ver a quien corren del museo primero”.

Evítate la molestia de que te regañen o tengas que hacer una disculpa pública al Pueblo de Egipto porque tu pequeño demonio de Tazmania acaba de destruir un vasija que vale lo que ni tú, ni yo, ganaremos en toda una vida de trabajo. Elige museos adecuados para ellos (los Papalote son imperdibles) y procura que la inmersión a estos centros sea gradual. Entiende que tu hijo quiere y necesita jugar, no lo obligues a ir a un museo si no tienes una actividad complementaria para que suelte energía, como ir a un parque, o a un área de juegos.

Otra buena opción para los chiquillos es participar en los cursos que ofrecen los museos los domingos, donde realizan actividades en verdad envidiables y donde esclavos de Servicio Social han ideado actividades que en verdad pueden ayudarles a comprender mejor los murales de Diego Rivera en Palacio Nacional a través de colorear e identificar cada uno de los elementos presentes.

¡No seas codo!

Muchos museos ofrecen visitas guiadas, ya sea a través de una persona o un sistema de audio. Paga. En verdad, hazlo. Especialmente si estás visitando una zona arqueológica o un museo de arte. Los guías —por lo general— saben de qué va su oficio y pueden contarte cosas que no vienen en las plicas y uno que otro chisme que, aunque no está validado por arqueólogos, puede hacer tu visita más placentera.

En verdad, ser guía de museo es un oficio muy noble. Si se te hace caro, júntate con otras personas que también estén interesadas para que el costo, entre todos, disminuya. Y no te hagas pato a la hora de dar propina. El conocimiento y la perspectiva que están dando en verdad es valiosa. ¿Que son 20 pesos cuando el guía tuvo que soportar las preguntas de tu tía acerca de si los mayas desaparecieron porque lograron reconstruir sus naves espaciales? En verdad, no son nada.

El edificio es un museo por sí mismo

La mayoría de los museos en nuestro país están asentados en edificios que, por sí solos, ya son una obra de arte o parte del patrimonio de la nación. Siéntente libre de disfrutar de la atmósfera. Pregúntate qué habrá sido vivir en ese sitio hace un siglo, como en la Casa de los Hermanos Serdán en Puebla, o en los múltiples conventos. Sé empático con el proyecto del arquitecto ¿Por qué habrá puesto bóvedas tan altas, o la luz a esa intensidad?. De igual manera, aprecia la chamba del museógrafo. Ella o él o decidieron que la exposición tuviera determinada estructura, pensando en ti y la experiencia de conocer. Procura seguirla, dale tu voto de confianza.

De igual manera, respeta las indicaciones. No tomes fotografías con flash si está prohibido. No introduzcas alimentos o bebidas. No quieras besar o tocar las pinturas de Remedios Varo en el MAM, sin importar cuán fanático seas. Sigue la ruta recomendada, que montar una exposición no es ni cosa fácil ni producto del azar. Todo tiene una razón de ser y ayudará a que tu visita sea de provecho.

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