Tomar en cuenta los disensos —incluso cuando van dirigidos a quienes disienten— es un ejercicio necesario (y sano) para establecer cualquier diálogo que realmente se precie de serlo. Tras la publicación del texto Qué chula mi narcocultura, de Heriberto Yépez, en el diario Milenio, se ha suscitado una controversia acalorada, antes desatendida (porque no inexistente): el papel de los usuarios de drogas en la problemática del narcotráfico.

Yépez, en su texto, después de darle un tirón de orejas a quienes piden un cambio de estrategia para combatir al crimen organizado, propone una alternativa paralela a la “guerra contra el narcotráfico” tal y como la conocemos:

Es frecuente que la intelectualidad nacional pida la legalización. Yo también estoy a favor de ella, pero estoy más a favor de que mientras la droga sea traficada por personas sin escrúpulos —narcos o policías, militares, funcionarios corruptos— seamos radicales: renunciemos al narco-consumo.
Vamos al grano: el consumidor de droga mexicano, junto con el gringo, es el patrocinador directo de todos estos asesinatos.
El consumidor paga sueldo de sicarios y autoridades, subsidia sobornos, picha las armas, financia las células y, claro, redes de prostitución y esclavitud asociadas. Y le vale. Quiere pasársela “bien”. Lavado de manos a la Poncio Pilatos.
Los consumidores comunes son los señores reales del narco. Sus jefes de piso.
El opio es la religión de los intelectuales.
Una vez dije esto en un foro. Casi me linchan.

Su argumento es contundente, pero sencillo: sin consumidores, no habría mercado para la droga, por ende, tampoco narcotráfico. Y aunque parece una salida rápida, lógica y fácil, hay varios peros que debemos tomar en cuenta antes de satanizar a los consumidores de droga; debemos escuchar a los que disienten.

Jorge Hernández Tinajero, autor del blog Mil y una formas de perder una partida ganada, señala algunos puntos que —si la razón no me engaña; usted juzgue— debemos tomar en cuenta antes de señalar a los usuarios de drogas en nuestro país como los “responsables directos” de los asesinatos. Junto con su texto, rescato otras opiniones valiosas que usuarios han puesto en los comentarios de la nota del periódico Milenio:

Uno. La legalización no es por sí sola la solución, pero es una condición necesaria para combatirlo

Como Hernández describe a lo largo de su post “De la ignorancia como virtud”, la legalización de las drogas (desde su uso final hasta producción y exportación, pasando por el cultivo para uso personal) es un tema vigente que es discutido de manera académica en distintos puntos del globo. Y trata de exponer su punto con una metáfora bastante pertinente:

Una analogía sencilla de comprender, en este contexto, podría ser la del condón y el SIDA. Del mismo modo que el preservativo no cura una enfermedad, parece difícil aceptar que por esa misma razón no debamos de alentar políticas específicas para promover su uso (aunque la Iglesia Católica piense distinto). Si queremos, como humanidad, erradicar la enfermedad, hay que actuar por varios frentes y el condón es uno fundamental. Con la regulación de las drogas pasa lo mismo: es una condición insuficiente por sí sola, al menos para terminar con el crimen organizado, pero al mismo tiempo, es una absolutamente necesaria para combatirlo.

Nuestra concepción de la diferencia entre una “droga legal” y una “droga ilegal” no es del todo clara. Y ello lo hace notar @Harmodio un usuario de Tweeter, que comentó en dicha nota:

Dentro de 100 años, cuando el alcoholismo, el tabaquismo y la drogadicción se encuentren en el mismo plano, la cocaína y la heroína serán tan legales como el Ron Richardson, esta guerra nos parecerá tan absurda como ahora nos lo parece la guerra de los pasteles (y a su vez esta idea hoy nos parece tan utópica como hace 100 años el voto femenino o la igualdad racial).

No en balde entre los ejemplos de cómo convivir con el uso de una droga (apelando a la libertad y a la clasificación de problema de salud público) Hernández menciona al final de su post la ley antitabaco implantada en nuestro país, que busca mejorar la convivencias entre adictos (a la nicotina) y no usuarios de esta droga (porque, me temo, al igual que el alcohol, es una droga).

Dos. Culpar a los usuarios de drogas de los crímenes, es como culpar de una violación a una mujer por vestir minifalda.

Sustentándose en el punto anterior, Jorge Hernández propone esta metáfora que califica de simplista —para, a su decir, estar en el tenor de Yépez— buscando echar luz sobre lo que conllevaría una legislación útil en torno a esta problemática. Una regulación sólida no es una carta abierta a ese monstruo que llaman “libertinaje” (pariente, tal vez, del coco), pues debe de contener estrategias de educación y regulación comercial. Gran parte del problema —achaca Hernández— proviene de las políticas “cero tolerancia” donde el tema se convierte en una especie de tabú, propiciando su criminalización.

Las políticas de drogas deben cambiar, pero no para disminuir el volumen del mercado; sino para regularlo en beneficio de la salud pública y de las instituciones democráticas, lo que implica proteger tanto a usuarios como a los no consumidores; mejorar el acceso de los primeros a los sistemas de salud, para mejorar la información y las disposiciones de prevención para evitar el abuso o el uso temprano de drogas, para garantizar el ejercicio pleno de los derechos humanos y la autonomía de los adultos que deciden sobre sí mismo siempre cuando no afectan a otros. (…) Que en las modernas sociedades de consumo signifiquen nuevos retos (y también posibilidades) es justo un fenómeno que debe ser enfrentado y controlado por el Estado, no por los criminales.

Harmodio, por su parte, agrega una analogía acompañada por un reflexión interesante al artículo de Yépez en la sección de comentarios:

Dicho de otra manera, la culpa no es del que mata a la vaca ni del que le agarra la pata, sino del quien se zampa el bistec. Yo suscribiría a esta ética si no se limitara a los consumidores de drogas, sino a toda clase de consumidores: empezando por los compradores de iPhone/iPad, que navegan con los dedos manchadas por el suicidio de los empleados de la planta de Foxconn, quienes desde la industriosa ciudad de Shenzhen proveen a Apple de componentes electrónicos llenos de estrés. Y ni hablar de los corredores matutinos que al calzar zapatos Nike sumergen los calcetines en el el sudor de todos esos niños camboyanos que cose suelas a cambio de un salario de miseria. Hasta los amantes del chocolate tienen los dientes manchados de sangre: Costa de Marfil, primer productor mundial de cacao, invertía hasta hace poco sus fabulosas utilidades en financiar una guerra fraticida. (…). [E]l mejor culpable está en la extremidad inferior de la cadena ultra.productiva: ¡el consumidor, quien le manda engancharse en su vicio! (porque aquí, en el imperio moral del ultra.individualismo, la adicción no es un problema de salud colectiva, ya no digamos una enfermedad, sino un vicio individual reprobable).

Con esto (y más adelante en su comentario lo explicita), Harmodio busca dejar algo en claro, la crítica hacia las élites de poder, hacia “quienes se discuten el poder de manejar la droga”, no aparece en el texto de Yépez; mismo escrito que parece pensar que sólo basta buena voluntad (al no ser considerado —como se dice líneas arriba— un problema de salud) para que tanto consumidores mexicanos como estadounidenses (o incluso mundiales) dejen de consumirlas.

Tres. Urge un cambio de estrategia (y de pensamiento)

En el texto de Yépez recrimina a los intelectuales (y sociedad civil, de paso) no haber considerado importante desde un principio a una problemática que lleva sexenios sucediendo en el norte del país. A su parecer, las manifestaciones que habían ocurrido antes de la publicación de su texto (al menos) buscan “pactar con los criminales”:

¿Sugieren un pacto con el narco? ¿Ese es su plan? ¿Cambiar esta guerra “espuria” por otra narcocooltura más chida?

Hernández, basándose en todo lo anterior, replica que no debe buscarse un pacto, sino “un cambio de estrategias”. Pues hasta ahora los resultados de los viejos modos no nos han llevado a ninguna parte.

Si para él [Yépez] una guerra sin objetivos definidos, sin medios materiales para ganarla, sin apoyo popular, violatoria de derechos humanos y sin ningún resultado positivo en casi cinco años no es suficiente para levantar una voz crítica, entonces no se entiende a quién o qué defiende Yépez.

Y creo que esto iría en torno a las voces que disienten de los reclamos al gobierno, los cuales tal vez no han sido matizados de una forma correcta: no se busca correr a Calderón y con ello solucionar el problema (como por arte de magia), se busca minimizar las pérdidas humanas a través de un cambio de estrategia, como la legalización de las drogas, como el castigo a los culpables, a los delincuentes. No tenemos por qué, como sociedad civil, dialogar con el delincuente, o exigirle que cese: debemos exigirle que a aquellos que los nombramos nuestros dirigentes lo detengan con estrategias mejor planeadas (o que de menos no los dejen “escapar” de la cárcel ¿verdad?).

Ambos (Harmodio y Hernández) esbozan propuestas y ejemplos en sus respectivos textos. Otro usuarios de internet también han publicado sus opiniones y razones al respecto, señalando que más allá de una respuesta simple, está el diálogo constante. Estas podrán ser dos opiniones un tanto polémicas, pero que a mi parecer, contribuyen al diálogo privilegiando la razón. Ese, creo, es el tenor que debemos mantener.

Imagen: Andrés Diplotti en La Pulga Snob