Para muchas y muchos de los que ya andamos rondando la treintena, este asunto de la “guerra” contra las #FiestasClandestinas encabezada por el PAN y el Gobierno del DF nos resulta bastante familiar. Especialmente cuando utilizamos un término de esos que incomodan a nuestros honorables (sic) políticos: Criminalización de la juventud. Todo comenzó por una fiesta realizada en la Ciudad de México, donde vecinos denunciaron se realizaba una de estas celebraciones. Acto seguido, la policía capitalina llegó y arrestó a los organizadores del evento por el cargo –decimonónico— de “corrupción de menores”. Ahora se busca que sea considerado un delito esta clase de fiestas y que se castigue con la extinción del dominio a su propietario. Sí, se nos hace familiar, y aún más exagerado.

Siendo adolescente (y después adultescente) durante la segunda mitad de la década de 1990 y la primera del nuevo milenio, pasé sendas y memorables noches en raves, fiestas de música electrónica donde las constantes eran jóvenes, alcohol y sí —¿para qué persignarnos?— drogas. Eran los años del boom del éxtasis y las drogas de diseño; del pegajoso e inútil jingle de “Vive sin Drogas”; e, incluso, las primeras noticias en primera plana sobre los —muy lejanos en aquél entonces— cárteles de narcotraficantes. Ah, los noventas…

Al menos en la parte de la historia que me tocó vivir (en Puebla capital), los primeros eventos de este tipo sucedían de manera legal; los organizadores se apersonaban con las autoridades correspondientes, tramitaban permisos, publicaban carteles, y demás buracracias. Incluso eran patrocinados. Sin embargo, tras las declaraciones de cierto legislador local —que al igual que el inicio del Quijote, “de cuyo nombre no quiero acordarme”— los raves fueron prohibidos. Declaraciones de que “jeringas”, condones y toneladas de basura dejaban a su paso estas “celebraciones clandestinas” —perdición de la juventud— ocuparon las primeras planas de los diarios locales, amén de las rasgaduras de vestiduras y la consabida frase de la esposa del Reverendo Alegría “¡¿Alguien puede pensar en los niños?!”.

Los organizadores, fueron perseguidos; los asistentes, estigmatizados…

Y sin embargo, se mueve (o se movió). Los raves continuaron, y por muy buen rato. La publicidad ahora se entregaba de mano en mano y sólo “entre entendidos” (internet apenas era un tímido escaparate de porno). Los costos, como era de esperarse, aumentaron, el ambiente cobró matices de rebeldía y nuevo factor de adrenalina se sumó a la ecuación: “Si llega la policía, corres”. ¿A dónde? Pues adonde Zeus te diera a entender, porque ahora se realizaban lejos de la mancha urbana, en los márgenes de Cholula o en los claros que existen entre Puebla y Tlaxcala. Y sí, más de una vez nos tocó correr a ciegas y locas entre matorrales espinudos; algunos borrachos, otros drogados y unos más, aterrados. Pero mejor romperse una pierna que caer en manos de la policía. De eso no cabe duda.

¿En qué terminó el cuento? Pues nada, todos crecimos y… punto. En dichos eventos a nadie se le obligaba a nada. Si querías beber, bebías; si querías fumar, fumabas; si sólo querías bailar, pues para eso había luces y música a todo volumen. ¿Personas teniendo sexo? ¡Claro! No faltaba a quien se le hiciera romántico llevarse a la pareja a lo oscurito para consumar su amor homonal. Y claro, lo hacías sí querías; si no, pues no. Vamos, que como me decía mi madre cuando comenzó a soltarme la correa, “si vas a drogarte, a emborracharte o a tener sexo, lo vas a hacer con o mi sin permiso, de día o de noche, así que no seas idiota y hazlo con cuidado”. Claro, lo decía con esa expresión sufrida de Marga López en Cuando los hijos se van, pero lo decía de corazón —espero—.

Ahora que se supone soy un adulto (o de menos un joven adulto contemporáneo), miro a las nuevas generaciones (cada que dicen eso imagino pokemones bien formaditos, no sé por qué) y veo que nada ha cambiado en esencia. En pláticas nostálgicas, recapitulamos nuestra vida y llegamos a la misma conclusión “éramos un desmadre”; igual que supongo lo harán las nuevas cuando sean tan rucos como nosotros. Comenzamos —como ellos— a tener sexo, a beber, a fumar y a quién sabe cuántas otras cosas más siendo por mucho menores de edad. Vamos, que cuando cumplimos 18 años, no cambió nada: sacamos la IFE y el cadenero seguía sin dejarnos pasar por usar tenis; nos siguieron saliendo barros hasta los veintidos (maldita piel grasa); continuamos por buen rato pidiendo permiso a nuestros papás para salir (aunque frente a los amigos “nomás avisáramos”); y dimos vueltas y vueltas en automóviles sin tener licencia.

Estupideces hicimos. Tal y como las nuevas generaciones (pokemones formados) las hacen. Pero muchas —si no todas— podrían haberse resuelto de diferente forma si en vez de declararnos culpables nos hubieran educado un poquito más en torno al mundo real en la casa y la escuela. Pero al contrario; clases de sexualidad las tuvimos en prepa, en biología… y aún así en la universidad muchos no teníamos ni idea de qué era el himen y seguíamos llamándole al glande “la cabecita”. Vamos, que a muchos nos pasó que en nuestra primera vez nos pusimos el condón al revés y en la lucha y forcejeo para que entrara, se nos bajó la erección; terminamos vomitando hasta los sesos por no saber qué pasaba si uno ya se sentía mareado y seguía bebiendo…

Pero no, había que criminalizarnos. Bebe alcohol hasta los 18 porque mágicamente, sin que nadie te lo explique, moderarás tu consumo. Ten sexo hasta que seas un adulto, porque entonces ya te las sabrás de todas todas y no sentirás ni miedo, ni meterás la pata, y sabrás por iluminación divina si a tu pareja le está gustando lo que estás haciendo (o si a ti te gusta lo que te están haciendo). No te drogues nunca nunquita jamás de los jamaces, porque es malo y punto; no hay de otra. Todo es malo, todo es ilegal.

Y entonces, entre tanta prohibición, no basta con que uno se sienta del carajo por haberla defecado; hay que lidiar con que uno, aparte, es criminal. Como si no se pudiera educar en el consumo responsable del alcohol, de las drogas (¡cigarro incluido!) o en el ejercicio de una sexualidad responsable. Como si un adolescente, por serlo, no pudiera tomar decisiones importantes para su vida. Eso sí, antes de los 18 elige carrera, pero nada más.

Esta “guerra contra las fiestas clandestinas” me parece eso, una criminalización de la juventud. Para empezar, ni siquiera han dado a conocer una definición de qué se supone que es una “fiesta clandestina” (¡el Coco mamá, el Coco!). Pero eso sí, hay un formulario en internet donde uno, como vecino rabioso y cascarrabias, así como así, puede denunciar una. (Yo ya tengo unos vecinitos en la mira, que ni son adolescentes ni sus fiestas clandestinas, pero me caen mal y para eso lo pusieron ¿no? Bien Orwell el asunto).


¿Cómo distinguir a un vecino molesto/amargado de un legítimo denunciante de #fiestasclandestinas @marianagc @m_ebrard?less than a minute ago via Twitter for iPhone Favorite Retweet Reply


Comienzo a pensar que las #fiestasclandestinas se definen a la llegada de la policíaless than a minute ago via Echofon Favorite Retweet Reply

Habría que discutirlo más a fondo, pero como expresa Carlos Navarrete en su columna, esta persecución viola “el artículo 9º de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, estipula que no se podrá coartar el derecho a asociarse o reunirse pacíficamente con cualquier objeto lícito”. Porque como señala, en ese caso la cruzada también debería ser en contra de bares, antros, discotecas y demás lugares de vicio y perdición. Y como menciona más adelante:

El derecho a la libre asociación no debe ser violado con medidas de represión, desafortunadamente los actuales gobiernos se han dado a la tarea de perseguir y criminalizar a esta generación de jóvenes a quienes por si fuera poco han etiquetado de “NiNi`s” por el hecho de no trabajar o estudiar.
Pero sobre todo, quienes deberían tener la palabra, son los jóvenes afectados, a quienes si se les entrevista es para ridiculizarlos o para mostrarlos como esos eternos menores de edad a los que mejor taparles los ojos en vez de acompañarlos en su proceso de aprendizaje del mundo.


“@danieljoloy: Aunque para mi la idea de prohibir las #fiestasclandestinas tiene mas q ver con la criminalizacion de la juventud, again / +1less than a minute ago via Twitter for iPad Favorite Retweet Reply

Imagen: Rock’NBall