La reforma a la educación básica ha llegado a la Cámara de Diputados. La Secretaría de Educación Pública ha presentado un documento de casi 700 páginas donde propone, entre otras cosas, un modelo de descentralización, la creación e implementación de materias, y una apuesta por el “aprendizaje crítico”. De ser aprobada, esta reforma se implementaría desde el próximo año.

Por desgracias, las materias propuestas son uno de los puntos agridulces de la reforma. Por una parte, comprende la enseñanza de competencias como el inglés desde el primero de primaria hasta la secundaria, una medida necesaria para el contexto actual; o el uso de herramientas digitales para la obtención de información. Sin embargo, la controversia se encuentra en la creación de un programa de formación cívica. De acuerdo con el texto presentado, su intención es resaltar el respeto por las instituciones militares del país, así como denostar la violencia que produce el narcotráfico. Perdón, pero eso me suena a adoctrinamiento.

La educación cívica es una de las materias olvidadas dentro de los planes de estudio. Sin embargo, la enseñanza de un culto al Estado —porque no encuentro otra forma de llamar a este programa— es el camino opuesto, sobre todo en una reforma que presume de enseñar el pensamiento crítico. Sí, se debe tener respeto por las instituciones, pero ensalzar el desempeño del aparato castrense parece una medida confeccionada para justificar una guerra interna.

Por supuesto, no todo es negativo. Entre las ventajas de la reforma, está la idea de descentralizar la educación mediante distritos escolares. De este modo, se le restarían responsabilidades a los gobiernos estatales para que los municipales tengan una mayor participación. Es una medida positiva en el sentido que los distritos permitirían más control sobre la situación escolar, así como fomentar la transparencia en la asignación de recursos. Cuestiones tan simples como el reparto de libros de texto son una pesadilla anual para las escuelas, debido a que el gobierno estatal se ve rebasado para coordinar todos los centros educativos.

Sin embargo, en el fondo es notoria la línea acrítica en los contenidos de un programa que, paradójicamente, presume lo contrario. Alguna vez leí que la educación cívica debería, más que repetir como loro los fragmentos del Manual de Carreño, velar porque el alumno aprenda a cuestionar, a disentir y a protestar; que aprenda a cumplir con sus responsabilidades para exigir sus derechos. Parece que al fin entendió el gobierno federal que la guerra se gana en las aulas, aunque lamentablemente, lo aplique todo al revés.

Imagen: Claridad & Cortesía