Hace algunos años, trabajando como editor de una revista, tuve que supervisar una galería de fotos en un club de golf/residencial en Puebla. Tomamos varias de las fotografías en la casa club --muy grande y opulenta-- y usamos varios de los espacios comunes para que posaran las modelos. En una de ésas, no nos dejaron pasar con una chica a cierta área, explicándonos que estaba destinada "sólo para hombres". Amablemente, nos dijeron que los señores tenían su lugarcito privado, así como las señoras acaparaban otra zona alejada de los varones. Era algo como el Club de Tobi, pero de la poblanité.

Estaa separación de roles de género es bastante común en nuestro país, en todos los niveles socioeconómicos. A veces, me atrevo a especular, es un poco más grave en ciertos sectores de alto poder adquisitivo. Por eso, no me extrañé demasiado al enterarme de la existencia de algunos restaurantes en el Distrito Federal que segregan a las mujeres por "tradición". Si alguna llega a entrar, le piden que se retire y le niegan el servicio; si la fémina resiste, son los clientes quienes la hostigan hasta que sale. ¡Oh, cómo ha osado la hembra profanar ese sagrado territorio, recinto de la virilidad y la hombría!

Andrés Lajous, columnista de El Universal quien denunció los hechos este viernes, lo describe como un sitio para empresarios, ejecutivos, políticos y demás. En el bar "El Bosque", Lajous acudió acompañado de una amiga. La presencia de su compañera alertó a los camareros, quienes le pidieron que se moviera hacia un espacio privado. A pesar de los argumentos, el personal se negó a servirle hasta que se desplazó de la cantina. Nomás los sábados se les permite la entrada "libre" en la cantina. Entre semana, en el reino de la testosterona no se reciben a mujeres y ella no iba a ser la excepción.

Lajous nos presenta este caso que nos sirve para reflexionar sobre un fenómeno de discriminación socialmente aceptada. Dicho bar podría ser un espacio eminentemente de hombres (es decir, que sus parroquianos sean, en su abrumadora mayoría, varones); pero no de forma excluyente. Lo que no debemos permitir es que se evite la atención a terceros por una condición de género, racial, de orientación sexual u otra característica. Es indignante que una entidad que ha sido pionera en el combate legal a la discriminación mantenga en sus entrañas a este tipo de locales.

Estos sitios permanecen porque son utilizados por unos y permitidos por otros. Por fortuna, esta situación ha llamado la atención de varios ciudadanos que no están dispuestos a pasarlo por alto. Por ejemplo, Minerva Valenzuela (@ladelcabaret), organizadora de La Marcha de las Putas, ya ha comenzado a ponerse de acuerdo con otras personas para acudir a dichos locales y demandar un trato justo. Porque, reitero, la discriminación que más afecta es la que vemos como natural. Que lo que la sociedad ha ganado con sudor y esfuerzo no lo tire por la borda la tradición y la ceguera.

Imagen: Noticias Interesantes