La homofobia que más lastima es la que se encuentra más arraigada; ésa que pasa por una actitud normal, ésa que se ha encarnado tanto que no la notamos. Esa que, cuando alguien se atreve a señalarla, nos parece una exageración, un berrinche. Esta mañana he leído "¡Arbitro puto!", una buena reflexión de Genaro Lozano en El Universal. En síntesis, el texto toca cómo el grito de ¡puto! en los partidos de fútbol --una moda bastante extendida en los últimos años-- refleja la intolerancia social hacia los homosexuales en (y a través de) el deporte.

Pero, más allá del texto (con el que concuerdo bastante), me he detenido a leer los comentarios. Me topé con decenas de personas que descalificaban la opinión de Genaro, calificándole --en una mala broma autorreferencial-- como homosexual, maricón y otras joyas del vocabulario nacional. Tampoco fueron escasos los comentarios sobre que uno ve homofobia donde quiere verla y acusaron que este grito es un mero desahogo dentro del estadio, inofensivo, y con la pura intención de intimidar al portero rival.

No nos hagamos. Lozano tocó una fibra muy sensible para muchas personas en todo el mundo: la sagrada virilidad del fútbol. Incluso hace unos días, se reveló que la FIFA echó para atrás una campaña en contra de la homofobia, la cual debía arrancar en el Mundial Femenil en Alemania. Lo que hizo el autor con su texto fue invitarnos a reflexionar cómo seguimos perpetuando esta errónea asociación entre talento deportivo y heterosexualidad, reafirmándola desde el ámbito lingüístico. Y muchos lectores, cegados por la costumbre o la conveniencia, desecharon el mensaje.

Sí, gritar puto en la grada está mal. Y no, no caigo ni en golpes de pecho: se trata del reflejo palpable de una homofobia instalada en la costumbre, protegida por un deporte que no ayuda a detener este problema. Muchos dirán que la palabra puto no se usa con connotaciones sexuales en los estadios. Yo respondo que, lejos de mejorar la situación, la empeora. Puto se emplea --en el mejor de los casos-- como sinónimo de cobardía. Entonces, el heterosexual es valiente y el homosexual no. El heterosexual tiene coraje, arresto, huevos (otra asociación sexual de nuestro lenguaje), mientras que el homosexual carece de estas cualidades. No se trata de orientaciones sexuales per se, pero sí de cómo calificamos, percibimos y construimos socialmente un estereotipo.

Coincido con Genaro en que la FMF tiene un momento privilegiado para actuar contra este mal. Sin embargo, México está muy lejos de que su fútbol sirva como un mecanismo de promoción de la tolerancia. Cada vez abundan más y más los casos en que este deporte ayuda a mantener el machismo intacto. En efecto, esta nueva generación de futbolistas, campeones del mundo que han inspirado a un país con épica y dramatismo, tienen la oportunidad de ayudar a este cambio. Por desgracia, no lo vemos así: para muchos, es un grito más, un inofensivo insulto para amedrentar. No hay peor ciego que el que no quiere ver.

Imagen: All About Puebla

Pepe Flores

26. Blogger de ALT1040. Coordinador de Vivir México. Hipertextual desde 2009. Escribo sobre cultura pop, medios, política, derechos humanos, propiedad intelectual y diversidad sexual. Fundador de Elocuencia 8080 y Sexenio. Autor de "La nueva cara de Puebla" (Endeavor & UDLAP, 2011). Editor en Polaris Group. Más artículos del autor »