Al grito de “¡Ni un rechazado más en Iztapalapa!”, la jefa delegacional de esta demarcación, Clara Brugrada, anunció que acudirá este jueves, acompañada por padres de familia y alumnos rechazados, a las oficinas de la SEP para exigir que la institución educativa se responsabilice de los jóvenes que no lograron conseguir un lugar en el listado de preparatorias ofertadas por la UNAM y el IPN a través del Examen Único de Ingreso a bachillerato. También adelantó su intención por reunirse con autoridades de ambas casa de estudios para exigir el aumento de cupo en sus instituciones. Durante un mitin realizado en la explanada de la delegación expresó que:

el sistema educativo que deja fuera a tantos jóvenes es el que está reprobado. (…). Este sistema debe cambiar, para convertirse en un instrumento que garantice el derecho a la educación; ustedes no están reprobados, el sistema es el que lo está.

Y aquí viene la pregunta de los 64 mil millones: ¿Qué hacer con los jóvenes que fueron rechazados? Año con año se plantea la misma incógnita y se somete a debate en dónde comienza el derecho a la educación y donde también las responsabilidades del estudiante. Lo aprendemos desde la primaria: derechos implican obligaciones. ¿Pero cómo traducir esta máxima a un contexto donde el sistema educativo es tan bueno como nuestras telenovelas?

En el caso de la educación media superior, creo es pertinente la demanda de aumentar el cupo. Y no sólo eso, de mejorar las condiciones laborales de los maestros —y aumentar también las exigencias hacia ellos—, las instalaciones y el número de campus. Sin embargo, no creo que deban desaparecer los filtros. Para poder acceder a un lugar dentro de los bachilleratos, el mínimo exigido eran 31 aciertos en un examen de 128 reactivos. Y al menos 7 mil 77 alumnos no los alcanzaron. Este indicador nos muestra no sólo que no tienen derecho a acceder a un lugar en la educación media superior, sino que tampoco debieron haber egresado de la secundaria, pues aún no cuentan con los conocimientos y habilidades necesarias para desempeñarse correctamente en la preparatoria.

Ahora, creo que no se debe estigmatizar o señalar a los jóvenes que no lograron un lugar debido al número de aciertos. Así como tampoco una calificación tan baja en el Examen Único puede respaldarlos para exigir un lugar. Algo aquí no está funcionado, y me temo que el problema no sólo está en las instituciones encargadas de la educación, sino también en los mismo alumnos y los padres de familia. Quizás, más allá de exigir que se les dé un lugar, se debería exigir un programa de regularización que compense algunas de las deficiencias que estos jóvenes vienen acarreando de toda su trayectoria académica. Definitivamente, el lugar de un estudiante es la escuela; pero no basta ser un adolescente inscrito para serlo: ser estudiante requiere que se adopte el compromiso de serlo. Y si en una examen no puede conseguirse un puntaje tan bajo o cursar la secundaria sin adeudo de materias, es imposible exigir un lugar en la preparatoria.

Imagen: El Economista