
La mayoría de nosotros nunca podrá tener entre sus manos algunos de los códices que la Biblioteca del Instituto Nacional de Antropología e Historia resguarda. A lo sumo, los más afortunados, podrán llegar a ver alguno de estos documentos detrás de un cristal en alguna exposición extraordinaria. Sin embargo, no nos desanimemos. Aunque nunca podremos saber a bien qué se siente tocar esos rollos de piel teñida —esos rollos que son más viejos que la mayoría de todos los objetos y edificios que nos rodean—, sí podemos apreciar a detalle las imágenes que contienen. Y todos desde la comodidad de nuestro hogar.
Actualmente, la Biblioteca Digital Mundial y la Biblioteca Digital Mexicana albergan cinco códices prehispánicos que fueron digitalizados en la Biblioteca del INAH. Ello como resultado de un proyecto que inició en 1994, y que con el paso del tiempo ha ido modificándose por los avances tecnológicos. Y no es para menos. Si con algunos libros antiguos el personal de la Biblioteca José Vasconcelos pasa las de Caín a la hora de digitalizar, imagínense el problema que representa escanear un códice cuyo lienzo puede llegar a medir hasta ocho metros de largo.
Mal que bien, la digitalización de la llamada “Biblioteca de México” se ha realizado con lo último en equipos de escaneo y fotografía, facilitándoles la labor a los especialistas que trabajan las 24 horas al días. Sin embargo, cuando en 1994 la Biblioteca del INAH inició el proyecto, ni siquiera había la posibilidad de alcanzar la resolución que muchas cámaras digitales caseras ahora ofrecen. A eso, súmenle que la mayoría de los códices prehispánicos no están escritos en papel (que los hay, en papel amate), sino en soportes de algodón o piel de venado; lo cual dificulta su manejo y escaneo. Y no olvidemos las tinturas naturales con las que están creadas sus imágenes, las cuales datan de la época prehispánica, la Colonia o incluso el XVIII. Todo un lío.
Sin embargo, tan sólo en la última década, se han logrado digitalizar 98 códices que se encuentran en discos compactos, disponibles para su consulta en varias bibliotecas especializadas. Para fotografiar estos códices se tuvo que aplicar un proceso distinto para cada uno, debido a sus características particulares, como el tamaño y el soporte, además de las diferentes tecnologías que fueron innovando el mercado. En un principio las cámaras fueron colocadas en andamiajes especiales, logrando capturar fotografías de 4 x 5 pulgadas. Después, todas se unían a través de un escáner, reuniéndolas para formar una sola imagen.
A partir del año 2000, se comenzaron a utilizar escáners con cámara plana de gran formato, sirviendo para procesar otras colecciones metiéndole más velocidad y ahorrando presupuesto. Se calcula que en este año serán tomadas al menos 27 mil imágenes de alta calidad, las cuales sirven para hacer ediciones facsimilares —como la que se presentó hace poco del códice Florentino— y para evitar que se manipulen “de más” los códices resguardados, reservándole ese privilegio a los meros meros investigadores que por oficio necesitan estar cara a cara con estos documentos.










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