Al menos para nuestro presidente, sí. Una postura que no es nueva, como tampoco del todo descabellada. En los últimos sexenios —y gran parte del siglo pasado— la educación técnica se planteó como la alternativa viable a los estudios universitarios, especialmente al interior de la república, donde los recursos destinados a la educación eran —y en muchos casos, aún son— menores a los que reciben sus homólogas asentadas en la capital. Sin embargo, este fenómeno no es característico de México. Desde principios del siglo XX, la educación técnica ha sido impulsada por distintos países —tanto de países desarrollados como en vías de desarrollo—, producto de la creciente industrialización de la sociedades que sociólogos como Tönnies y Weber describieron en sus ensayos.

Esta orientación hacia la educación técnica —entendiendo esta última palabra en un sentido amplio— la hemos venido experimentado desde que tenemos memoria. La dichosa RIEMS es sería un ejemplo bastante bien acabado de ésto, comprobable en su enfoque pragmático, priorizando el desarrollo de competencias orientadas a la utilidad de la industria y, por ende a la economía. Cuando digo que la postura de Felipe Calderón no es descabellada, me finco en los datos que él y nuestro —antipatico— Secretario de Educación han proporcionado en numerosas ocasiones. Y que, en efecto, no distan mucho de la realidad. Al menos “siete de cada 10 egresados [de Universidad Tenológicas] consiguen su primer empleo entre seis meses y un año después de su egreso”. De ellos, “siete de cada 10 ejercen su profesión en la disciplina que estudiaron”.

Ante esta cifras podríamos pensar que se trata de una opción no sólo al sobrecupo universitario, sino también una medida para combatir el desempleo. Sin embargo, el que funcione no quiere decir que sea la mejor solución posible. O que los beneficios inmediatos no se traduzcan en nuevo problemas a largo plazo. Tomemos el caso de modelos similares, el caso de las escuelas normalistas del interior de la República.

Por muchos años, las Escuelas Normales fueron la única opción asequible para los habitantes del interior de los estados. Siguiendo —hasta cierto punto— el modelo de educación rural e indígena de Vasconcelos, éstas instituciones formaron maestros que tendrían la misión de alfabetizar el campo y las zonas con presencia indígena. Considerados apóstoles de la educación, se veían obligados a peregrinar en busca de plazas por, literalmente, toda la república, sin saber a bien en qué escuela, municipio o región del país terminarían.

En los papeles de las oficinas centrales de la SEP —en el DF ¿Dónde más?— el plan parecía perfecto. Sin embargo, la falta de otras opciones más allá de la docencia rural y la educación agropecuaria, fueron generando vicios dentro de sus sistema infalible. Los profesores rurales formaban a su vez a alumnos que después serían maestros que tendrían la misma misión que ellos; así ad infinitum, o hasta donde el país y el presupuesto alcanzara, como un cuadro de Escher. Esto no porque en sí la opción de las normales fuera errónea o un proyecto fallido desde sus cimientos, sino porque el sistema se basaba en una especie de desagüe para estas poblaciones a las que ofrecerles otra opción de vida resultaba “caro”.

Mera cuestión del erario (y sus ordeñas, claro). Lo mismo parece estar sucediendo ahora. Crear más universidades para satisfacer la demanda resulta costoso. Entonces, así como una presa que está a su máxima capacidad, es necesario evacuarla. Así, se implementa la idea en la que Calderón parece ingenuamente creer:

Porque ahora sí que, sin agraviar a los abogados, yo también lo soy, pero lo que ya hace mucha falta son, más bien, ingenieros. Ingenieros en robótica, en tecnologías de la información, en diseño industrial, en informática, en mecatrónica; en diseño de negocios, en organización industrial, todo lo que se estudia en las universidades tecnológicas.

¿Por qué tildo de ingenuo este razonamiento? Porque sí, es posible que necesitemos más ingenieros. Pero también llegará el momento en que esta “nueva” opción de vida se sature. Igual que sucedió con las licenciaturas pasada la época de oro de la escalada social, por ahí de cuando nuestros padres eran jóvenes, en la década de los sesentas y principio de los setentas. Estos ingenieros que el presidente dice nos hacen falta, en realidad son técnicos. Es decir, personas capacitadas para el trabajo; no necesariamente creativos de la robótica, del diseño industrial, de la mecatrónica, etcétera. Estos últimos los tenemos contados, incluso cuando son egresados de instituciones que nos han dado muchos orgullos, como el Poli, la UNAM o incluso las instituciones privadas como el Tec.

El meollo del asunto —a mi parecer, claro— está en las fuentes de trabajo. No en la educación. Cuando nuestros honorables políticos ofrecen generar n-número de empleos, por lo general lo que intentan decir es: dar facilidades para que empresas trasnacionales se asienten en los territorios. Empresas que, si su plantilla total fuera de 10 personas, sólo necesitaría entre dos o tres con estudios universitarios. El resto podrían solventarlo personas con un título técnico. Es decir, con empleos operativos. Entonces, cuando dicen que necesitamos más ingenieros, en realidad están diciendo: necesitamos más técnicos universitarios, no universitarios desarrollados en el área de la tecnología.

Y no se me tome por un acérrimo enemigo de la educación técnica. En mis siete años como docente universitario, encontré casos donde las aptitudes y capacidades de los chicos y chicas están más orientadas hacia este formato de educación. Y sí, considero que debe ser una opción para quien conscientemente decida tomarla. E incluso, que debería existir programas para que egresados de instituciones técnicas puedan completar, si lo desean, una carrera universitaria. De igual forma, para mí es igual de valioso un psicólogo que un QFB, un filósofo que un Ingeniero en Sistemas, un mecatrónico que un artista plástico, un médico que una enfermera, un matemático que un técnico en ingeniería. ¿Por qué? Porque, para empezar, fue la elección que hizo esa persona. Segundo, porque a mi juicio las ciencias duras, las de la vida, las humanas, las artes, las técnicas y todas las que podamos adjetivar son importantes.

Lo que no me parece, es que se postule la opción la educación técnica como la única opción, donde parece que nos dicen: “¿Quieres estudiar? Entonces estudia “esto”; si no, no te quejes de que no hay calidad, trabajo o cupo”. A la fuerza ni los zapatos entran.

Imagen: Marea Cultural