Siempre se ha acusado al fútbol de ser uno de los opios de la sociedad mexicana. Se dice que el mexicano es capaz de olvidar sus penas y paliar sus dolores si su selección nacional gana en el césped. También se menciona que nos distraemos de los temas de relevancia social si, de pronto, algún escándalo de dopaje o de mal comportamiento surge entre las filas tricolores. Que hasta somos capaces de votar por uno o por otro si el ídolo en vigencia nos los indica. El deporte de las patadas siempre ha sido, para bien o para mal, parte de una agenda nacional.

Sin embargo, ni siquiera el fútbol, tan acusado como un distractor social, ha podido escaparse de la violencia. Ya se apuntaban situaciones complicadas con el descenso del equipo de Ciudad Juárez --del que se dice que los jugadores perdían con tal se salirse de la peligrosa plaza--; la sospecha de lavado de dinero en los Xolos de Tijuana; o las advertencias de FIFA por jugar un Mundial juvenil en ciudades de riesgo como Monterrey o Morelia. Pero nunca como el sábado pasado, la violencia había sido tan vívida, tan palpable, tan evidente para el aficionado.

La balacera en el juego entre Santos y Morelia fue un suceso que conmocionó a la prensa mundial. No se trata de la violencia común en el estadio, perpetrada por el salvajismo que provoca la catarsis y el prejuicio. El fuego abierto en el Territorio Santos Modelo es una cuestión extraordinaria para el mundo del balón, pero un problema que, por desgracia, es más común en cada vez más y más estados del territorio nacional.

De poco sirve que la Secretaría de Gobernación diga que el ataque iba dirigido hacía la policía, no a la sociedad civil. De poco sirve que Felipe Calderón pida unidad en una lucha que tiene en vilo la tranquilidad de un país Eso no nos tranquiliza. El fantasma de la violencia desmedida, producto de la confrontación entre gobierno y delincuencia organizada, sigue ganando espacios públicos y afectando la vida diaria de los ciudadanos. Porque un estadio secuestrado por las balas, con veinte mil almas presas del pánico, es un situación ineludible hasta para el más inmerso en el cloroformo futbolístico.

Imagen: 93.3 La Raza

Pepe Flores

26. Blogger de ALT1040. Coordinador de Vivir México. Hipertextual desde 2009. Escribo sobre cultura pop, medios, política, derechos humanos, propiedad intelectual y diversidad sexual. Fundador de Elocuencia 8080 y Sexenio. Autor de "La nueva cara de Puebla" (Endeavor & UDLAP, 2011). Editor en Polaris Group. Más artículos del autor »