Cuando era pequeño, mi abuela no vacilaba en calificar a tal o cual lugar como un mero “pueblo bicicletero”. Tendrían que verla adoptar tan de pronto, con un rictus facial digno de Sara García, esos aires de aristócrata venida a menos que sólo pueden darse en el seno de la clase media. Pueblo bicicletero. Y en su juicio era inflexible. Sin embargo, lo que son las cosas; cómo cambia el mundo. Ahora, todas las mañanas, al cruzar Reforma, veo parvadas de oficinistas montados en sus bicicletas rojas, pedeleando duro para llegar a Polanco, sin que el pantalón de vestir o el zapato de tacón sean un impedimento. Al contrario, ahora son parte de un cierto garbo, de una belleza urbana similar al vuelo de las golondrinas y que Rogelio L. R. capturó en su fotografía. La ciudad de México se está convirtiendo en pueblo bicicletero, y nada me alegra tanto las mañanas como eso.

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