La pregunta de los 64 millones: ¿Qué hacer con los franeleros? Conocidos también como cuidacoches o viene viene, esta fuerza de trabajo forma parte de nuestra economía informal desde hace varias décadas. Su proliferación en la mayoría de las urbes del país ha sido, especialmente en tiempos recientes, un auténtico abrevadero de desazones tanto para automovilistas como para los vecinos que deben convivir --cuando no lidiar-- con estos personajes. Buscando remediar la situación, el Gobierno del Distrito Federal ha emprendido un programa para regularizar su práctica. Mismo que no está exento de polémica.

El programa de "Reordenamiento de los cuidadores y lavadores de vehículos" busca evitar el crecimiento de este sector a través de regularlo. Mediante la inscripción a un padrón y la asistencia a cursos impartidos por dependencias del Distrito Federal, a los franeleros se les otorgan chalecos donde aparece su número de registro en la espalda, así como su nombre en letras legibles al frente (tal y como se muestra en la imagen siguiente).

De acuerdo a los lineamientos del programa, los ahora monitores viales ciudadanos están imposibilitados de exigir cobro alguno por el uso del espacio público. Recalcando que la donación debe ser voluntaria. Las malas prácticas que se alejen de dichos lineamientos podrán ser reportadas al call center del Consejo Ciudadano de Seguridad Pública y Procuración de Justicia del Distrito Federal, dirigido por Luis Wertman. Bastará reportar el incidente, el número y nombre del monitor vial ciudadano que incumpla con lo establecido en las bases del programa.

Durante la entrega de los primeros 400 chalecos, el secretario de Trabajo y Fomento al Empleo capitalino, Benito Mirón Lince, dio a conocer que se han registrado mil 348 cuidadores y lavadores de vehículos, de los cuales el 65 por ciento son hombres y el 12.7 por ciento mujeres; siendo 72 por ciento del total residentes de la ciudad de México. Mirón Lince, durante la entrega de estos chalecos identificadores, aseveró que:

Mientras el Estado no genere las condiciones para ofrecer trabajos dignos y bien remunerados, el gobierno capitalino los va a apoyar.

Una frase podemos calificar como demagógica --cuando no populista--, pero que pone el dedo en la llaga. La pregunta no es sólo "¿Qué hacer con los franeleros?", sino con toda la economía informal del país. Como contribuyentes, cargamos sobre nuestros hombros la mayor parte de la carga hacendaria. Como vecinos, automovilistas e incluso usuarios del transporte público, debemos lidiar con el ambulantaje que roba espacio a nuestras concurridas banquetas, que propicia las condiciones necesarias para robos al ocultar segmentos de las calles con su puestos o con los franeleros que nos cobran por hacer uso de la vía pública --a veces, incluso, con amenazas--. Sin embargo, ¿qué hacer con todas estas personas? ¿Quitarles el medio a través del cual consiguen su sustento diario?

La respuesta fácil es el grito que solemos escuchar: "Póngase a trabajar". Y sí, ¿Pero en qué? Trabajo no sobra. Muchas de estas personas no tienen los conocimientos y habilidades necesarias para desempeñarse en un trabajo que iguale lo que ganan actualmente. Las plazas donde han sido reubicados ambulantes no han funcionado como se esperaba y, a final de cuentas, la demanda popular mantiene la economía informal funcionando a través de la compra y adquisición de sus servicios, como lo es el lavado de automóviles o el "apartar lugares". Como dicen, para un roto, un descocido. Regularizar, entonces, se perfila, si no como una solución integral, al menos como una forma de mantener cierto control sobre el fenómeno. Necesitamos un cambio de modelo económico donde la fuerza laboral --esté ahora en el sector formal o informal-- pueda vivir de un trabajo que sea benéfico para todos. Pero mientras se consolida ese modelo que ahora parece más una utopía, ¿qué hacer? ¿Tú qué harías?

Imágenes: Comunicate Digital | STyFE

Ismael Flores

Mexicano, 27 años, egresado de la maestría en Letras Iberoamericanas. Actualmente se desempeña como freelancer editorial y el novio que tu mamá odiaría tuvieras. Más artículos del autor »