Varias veces hemos comentado aquí en Vivir México sobre la desaparición de las lenguas indígenas. Con relativa frecuencia salen titulares sobre la desaparición de estas lenguas en México y en todo el mundo -porque no es un problema sólo de nuestro país-. Pero a pesar de esto a veces me pregunto si realmente hemos logrado entender lo que sucede, no la pérdida en si y porque se da, sino el ¿por qué es importante luchar por su conservación?

Una vez más comento sobre esto porque leo un artículo que menciona que "La lengua que más rápido se está extinguiendo en el mundo: el Zoque-Ayapaneco". Según dicho artículo sólo quedan 2 personas, Isidro Velázquez y Manuel Segovia, que hablan esta lengua en Ayapa, en la región suroriental de Tabasco. Se considera en "fase de rápida desaparición" porque además de la cantidad de sus hablantes, ambos exceden los 70 años de edad lo que quiere decir que si no se hace algo por conservar la lengua, en el momento que estas personas mueran, se llevarán consigo otra manera de ver el mundo, que ya no podremos conocer.

Posiblemente me tacharán de "romántica" por ponerlo en esos términos, pero la realidad es que en eso radica la gravedad de perder una lengua de cualquier parte del mundo, no sólo de México. Por ejemplo, alguna vez escuchaba la explicación de una persona (no les digo quien ni dónde lo escuché porque no lo recuerdo, pero la importancia de la idea si), explicaba que una tribu en Australia no tenía exactamente una traducción para lo que nosotros conocemos como izquierda y derecha; cuando ellos necesitan hablar sobre lo que está de uno u otro lado lo definen en términos de los puntos cardinales, es decir, desde pequeños ellos toman plena conciencia de por dónde sale el sol, por dónde se oculta, dónde queda el norte -aunque lo definan de otra forma- o el sur, es una conciencia permanente que incluso está implícito en su lengua y en su manera de expresarse. Seguramente si le pregunto a 10 personas que hablen español sólo una sepa identificar con rapidez el norte, sur, este y oeste sin una brújula. Claro, para nuestro modo de vida puede no ser tan fundamental saberlo como lo es para esta tribu, pero el hecho es ver cómo precisamente una lengua no es sólo otra forma de llamar las cosas, sino de vivir, de entender el mundo y de manejarse ante este.

Recuerdo mucho una escena de una película de Steven Spielberg, que creo no es de las más famosas: Amistad. La historia trata sobre los juicios que llevan a cabo abolicionistas para liberar a un grupo de esclavos que llegan a tierras norteamericanas en el barco Amistad. En un momento de la trama cuando el abogado trata de explicarle al líder de este grupo por qué las cosas no son como se lo había dicho, por qué a pesar de tener un veredicto al parecer favorable ellos siguen sin ser hombres libres; discuten sobre si dijo eso o no, a lo que el abogado acepta: "si, lo dije, pero lo que debería haber dicho..." el traductor se detiene y le dice que no puede traducir eso "¿no hay una palabra en mende para debería?" le pregunta el abogado, "no, las cosas o se hacen o no se hacen"; la discusión sigue en torno a explicarle que "casi" siempre las cosas son de una manera pero esta vez no pueden ser así, a lo que el líder enojado cuestiona "¿Qué clase de lugar es este? ¿donde "casi" se dice la verdad? ¿donde las leyes "casi" se cumplen? ¿Cómo pueden vivir así?". En su lengua -y por tanto en sus costumbres- no existe el "debería", el "quise decir", no hay sólo intención, hay acción; si está establecido se hace así, siempre. No se dice y se desdice. ¿No sería bueno que nosotros tampoco tuvieramos la opción del "debería"? ¿la posibilidad de prometer y no hacer? La lengua define una forma de ser y de pensar, una forma de actuar, define principios.

Todo esto me lleva a pensar, no es lo mismo el español de México, que el de Venezuela, el de Chile, el de Colombia. El español de cada país se ha nutrido con regionalismos y palabras adoptadas de sus propias lenguas indígenas porque no existía una traducción para estos: aguacate, chocolate, metate, por ejemplo. ¿Pero dónde están aquellos que definían nuestra forma de pensar o nuestros principios? Cuando nos enorgullecemos de nuestras raíces culturales, de las muestras prehispánicas, de que los aztecas tenían una ciudad limpia y muy bien diseñada, de que los mayas eran excelentes astrónomos, ¿no es un orgullo un poco vacío? Porque aunque provenimos de ellos nuestra identidad está coartada porque no podemos pensar como ellos, porque no hablamos como ellos. ¿Sus virtudes y habilidades eran parte de lo que se era y no se era, de lo que se hace y no se hace y están implícitas en su lenguaje? Yo no lo sé, porque no hablo ninguna lengua indígena, y a veces les interesa más conocerlas -realmente conocerlas- a extranjeros que a nosotros mismos.

Cuando se enseña historia y cultura de México en las escuelas ¿no se debería enseñar -aunque sea un poco- de la lengua indígena de la región? así como se debe saber un poco de latín. Si nos identificamos como parte del mundo y nos abrimos a él aprendiendo inglés o francés o alemán o mandarín, ¿no deberíamos pasar también por un proceso de introspección que nos ayude a entender lo que somos y de qué formamos parte? Con esto, además de entendernos mejor a nosotros mismos, también podríamos pagar una deuda que tenemos con las poblaciones indígenas, quienes aunque saben sus lenguas maternas, no las hablan por miedo a la discriminación, y algunos la rechazan pues lo han llegado a ver como vergonzoso.

Por hablar esta lengua muchos se burlan o te ponen apodos, o incluso te dicen que solo los indios hablan ese idioma, y aquí la palabra indio para algunas personas es un insulto, un símbolo de humillación.
Manuel Segovia, hijo.

Por el otro lado no padeceríamos ese problema de dejar relegados a aquellos que sólo hablan su lengua materna, que ni siquiera pueden conocer las leyes por las que se rige el país y sufren de injusticias por que nos es más fácil dar por hecho que cometieron un delito, antes de buscar un traductor para que se defiendan.

Por el momento la esperanza de conservar el Zoque-Ayapaneco está en Manuel Segovia hijo; un joven de 30 años que arrepentido de no haberlo aprendido antes, desde hace 5 años dedica varias horas a estudiarlo con el objetivo de enseñarlo y mantenerlo vivo. Otro de los esfuerzos por conservarla viene de Denisse Quintero, una cineasta que realizará un proyecto audiovisual llamado Lengua muerta para documentar lo más que se pueda de esta lengua.

No es un rescate, sino que más bien consiste en crear un registro audiovisual, una memoria, para que otras generaciones puedan tener acceso a ella, pues ya es muy difícil que se rescate la lengua.
Laura Berrón, productora.

Esfuerzos como estos se están emprendiendo, el INAH por ejemplo anunció la apertura de un laboratorio de análisis lingüístico, Google tiene un proyecto también para conservar lenguas en peligro de extinción y quiero pensar que otros que han comprendido este problema están realizando otros esfuerzos. Posiblemente un día en que se hayan rescatado varias de estas lenguas y que las personas se acerquen para comprenderlas, podamos también entender gran parte de nuestra idiosincrasia, que aún no nos queda clara.

Lengua Muerta / Teaser from Denisse Q on Vimeo.

Fotos: Lengua muerta