Uno de los recuerdos más crudos que tengo está relacionado con los niños de la calle. Eran las dos o tres de la mañana. Yo iba llegando a Puebla en autobús. Al salir de la central de autobuses, los vi. No como los conocía siempre: en los cruceros, en las esquinas, con la mano extendida, con el "me da una moneda en la boca". No. Los miré en su casa (o en lo poco que ellos pueden llamar así): durmiendo bajo un puente, en un resquicio, sobre unos cuantos periódicos y acurrucados en las sombras. Dormían amontonados, para juntar calor, tres o cuatro chicos de no más de seis o siete años. Todo -el frío, la soledad, la madrugada- me produjo una sensación poderosa, amarga, abismal.

Esa noche vi a los niños de la calle, no en un sentido perceptual, sino como quien se despoja de un velo dentro de la cabeza. Porque los niños que mendigan en las calles nos son invisibles, y únicamente nos percatamos de ellos cuando acercan sus ruegos a nosotros. Los percibimos, sí, cuando nos representan una molestia: con sus interrupciones mientras comemos al aire libre, con sus caras lánguidas que piden para un pan, con sus ojos vidriosos de llorar o de drogarse o de ambas, con sus manos sucias recargándose en la puerta del auto, con el chorro de jabón que ataca el parabrisas si nos descuidamos.

Pero después, cuando una moneda o una grosería los alejan, desaparecen y se vuelven menos que un recuerdo; si acaso, estadísticas que presume (u oculta) el gobierno municipal en cuestión. Los niños de la calle existen pero no existen. Seres etéreos, se materializan únicamente cuando nos dignamos a prestarles un poquito de atención. No sabemos sus historias y casi nunca nos interesa conocerlas. A veces desaparecen sin dejar rastro y sólo nos percatamos de la ausencia cuando, por ejemplo, no encontramos al chavo de los dulces en un momento de antojo o premura.

En los últimos días, ha circulado por Facebook y Twitter la fotografía de Alondra, una niña rubia que vende chicles en las calles de Guadalajara. Un bienintencionado se ha preocupado por saber más sobre su paradero, porque su presencia le provoca disonancia por un detalle: que ella es de tez clara pero sus "padres" son morenos. El mensaje que circula en las redes sociales es el siguiente:

Hace varios dias que tomé esta foto, esta niña se llama Alondra y la tienen vendiendo chicles y dulces en la esquina de Av. Vallarta y Niño Obrero, justo afuera de la Camara de Comercio, lo extraño es que sus “papás” son morenos, tienen a varios niños en ese mismo crucero y ninguno se parece, ya me comuniqué al DIF y a la Procuraduria donde me dijeron que es necesaria la denuncia de los familiares para poder proceder, asi que les pido que difundan esta foto para ver si alguien la reconoce, ya le trasquilaron su cabello y quien sabe que otras cosas le han hecho o le puedan hacer asi que por favor DIFUNDAMOS ESTA FOTO

Alondra no es invisible porque es blanca como la inocencia, como la pureza. Alondra no es invisible porque su mirada es angelical y su semblante, níveo, no corresponde al de sus oscuros captores. Alondra, el pequeño pajarito enjaulado, merece ser rescatada, liberada. Alondra no debería estar ahí. Alondra es rubia y las niñas blondas no pertenecen al asfalto. Ahí hay algo mal. Alondra no es niña de la calle. No puede serlo. Nos negamos a creerlo.

Yalí Noriega -a quien alguna vez entrevisté en Vivir México por su labor en Amnistía Internacional- lo puede explicar mejor:

Desde la primera vez que vi la imagen no puedo sentirme indignada. Necesitamos ver a una niña de color blanco para preocuparnos por los secuestros, el tráfico de niños y la explotación infantil. Jamás he visto fotografías de niños indígenas o simplemente morenos, indígenas o no, pidiendo que las circulemos porque debemos rescatarlos. No, esos niños no existen y su explotación no es un problema porque se parecen a sus padres, quienes también son morenos y están por ahí en la misma banqueta.

Vamos a indignarnos por el tráfico de niños y su explotación, sí. Pero vamos a indignarnos por igual. Todos los niños que viven en la calle, que venden chicles o cualquier cosa, o que simplemente estiran la mano y piden para un taco deberían estar en la escuela o jugando. Eso en parte es culpa de los padres pero también es culpa de un sistema que margina e invisibiliza a los que hemos discriminado siempre, que no tiene capacidad para recibir en las escuelas a todos los niños y niñas del país, y peor todavía, que simplemente no le interesa qué pase con ellos. Hasta que vemos a una niña blanca vendiendo chicles. Entonces sí, hay que movilizarnos.

No condeno la campaña para rescatar a Alondra. No. Nos condeno a nosotros, los que expiamos nuestros pecados a costa suya, los que vemos sólo lo que nos conviene ver. Los que hemos rumiado un insulto porque el niño de la calle se acerca demasiado a nuestra mesa, porque nos truena la boca porque le negamos unos pesos, porque su olor, su imagen o su mera existencia nos incomoda, nos irrita, nos enerva. Los que nos indignamos por un caso pero permanecemos inmutables a los demás, porque en nuestra mente, es culpa de los padres irresponsables que los trajeron a este frío y cruel mundo; ellos son los desconsiderados, los crueles, los malos del cuento.

He pasado varias veces bajo el puente donde los vi por primera vez. Admito que, por curiosidad, me he asomado un par de ocasiones más, pero a la luz del día andan en otro lado, seguro molestando a las buenas conciencias con sus manos extendidas, sus ropas roídas y sus lamentos al aire. Deambulan en una ciudad alterna, una que conocen por escondrijos y refugios. Van por la vida malabareando limones, pintándose la cara, escupiendo fuego desde las entrañas. Todos ignorados, despreciados, mirados con el rabillo del ojo. Todos, menos una: la que nació con la fortuna (socialmente construida) de un tono de piel distinto, uno que en México vale como oro entre la raza de bronce; una niña con color en el mundo de los invisibles.

Pepe Flores

26. Blogger de ALT1040. Coordinador de Vivir México. Hipertextual desde 2009. Escribo sobre cultura pop, medios, política, derechos humanos, propiedad intelectual y diversidad sexual. Fundador de Elocuencia 8080 y Sexenio. Autor de "La nueva cara de Puebla" (Endeavor & UDLAP, 2011). Editor en Polaris Group. Más artículos del autor »