En los últimos seis años, la relación con Estados Unidos, en lo que a exigencias mexicanas se refiere, cambió de centrarse en la reforma migratoria (la "whole enchilada" de Vicente Fox) a concentrarse en condenar el tráfico desmedido de armas de los Estados Unidos hacia México. Perfecto, México tiene todo el derecho de exigir a su vecino detener como pueda algo que causa tanto daño a la población en ambos lados de la frontera.

Pero hay una pequeña complicación: los estadounidenses aman su Segunda Enmienda. Dado que "el derecho del Pueblo a poseer y portar armas no será infringido" por el gobierno de Estados Unidos, a México le toca la labor de lidiar como sea posible con el ingreso ilegal de armas desde el norte. Ahora bien, México es buenísimo para quejarse del daño que le hacen otros países; tan sólo recordemos el conflicto que se generó a raíz de la operación Rápido y Furioso, o la pequeña manifestación de desacuerdo en forma de un espectacular en la frontera que leía "NO MORE WEAPONS".

No niego que el gobierno mexicano tenga el legítimo derecho de exigir medidas más estrictas de regulación de armas al país con el que colinda, en especial cuando se ve afectado de manera directa por lo laxo de la política actual. Sin embargo sería de mayor provecho enfocar toda esa energía en algo más productivo como... ¡intentar asegurar nuestras propias fronteras!

Hace un par de meses, tras una serie de eventos desafortunados, me vi obligada a ingresar al país usando un puente fronterizo, el de Nuevo Laredo. Mientras las filas de autos para ingresar a Estado Unidos eran increíblemente largas y lentas, las filas para entrar a México eran significativamente más cortas, y se desahogaban con mayor fluidez. No puedo hablar sobre el procedimiento por el que tienen que pasar los automovilistas en las garitas, pero para los peatones es bastante simple. La máquina de rayos X para el equipaje no estaba prendida, la agente del instituto Nacional de Migración (INM) se estaba limando las uñas, el enviado del Servicio de Administración Tributaria (SAT) estaba tan aburrido que en cualquier momento caería muerto al suelo, y no había ni un solo binomio canino cerca de ahí. Basta decir que nadie pidió ver mi pasaporte, ni preguntó el motivo de mi visita, ni mucho menos pidieron revisar mi equipaje de mano.

De regreso en el Distrito Federal, y comentando esta anécdota con otros amigos, me enteré de que pasa exactamente lo mismo en resto de los puntos fronterizos: los peatones cruzan fácilmente, sin importar el número de bultos o maletas que lleven, y las revisiones a los autos son bastante aleatorias.

Todos somos muy conscientes de lo débil que es la seguridad fronteriza al sur del país, pero poca gente hace conciencia sobre los retos en torno a la seguridad de la frontera norte. Y es natural, la frontera norte parece ser mucho más segurA por el simple hehco de que en varias secciones hay un muro y los agentes estadounidenses son bastante estrictos en todas las garitas. Pero del lado mexicano, en realidad no lo es.

Además de exigir una política de regulación de armas mucho más responsable a nuestro vecino, el gobierno mexicano debe ser más proactivo en la protección de sus fronteras. Aplicando en un primer momento los mismo controles de seguridad que existen en los aeropuertos y en algunos puertos marítimos, y diseñando una estrategia a mediano plazo de blindaje fronterizo, México podría disminuir de manera considerable el flujo de armas que entran al país de manera ilegal.