Mucho, muchísimo se ha escrito sobre el premio que el jurado de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara otorgará al peruano Alfredo Bryce Echenique, sancionado por plagio de 16 artículos periodísticos en 2009. No es mi intención justificar si creo o no que Bryce sea merecedor del galardón, por la simple razón que no he leído su producción literaria. Varios personajes reconocidos han mostrado sus diferentes opiniones -las cuales resumo en la defensa de Jorge Volpi, miembro del jurado; y en las acusaciones del catedrático Fernando Escalante. Que el lector decida de qué lado de la balanza se coloca.

El suceso que sí quiero discutir en estas líneas va sobre la decisión que ha tomado la Asociación del Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo (organización que patrocina el premio) de dar el galardón a Bryce fuera de los escenarios de la FIL. Si el caso de por sí era una hoguera de pasiones, los organizadores han añadido más gasolina con esta respuesta. Lamentablemente, quien pierde no es el autor peruano (ni siquiera los miembros del jurado, por más denostados que sean), sino uno de los eventos culturales más emblemáticos de México.
La asociación entregará el premio a Bryce en Lima, ciudad de residencia del escritor, en "los próximos días", sin revelar una fecha en específico. La Feria Internacional del Libro de Guadalajara se distingue porque su inauguración es, en cierto modo, el epicentro del evento. Es en esta ceremonia de apertura que el galardón se entrega, con la presencia no sólo de escritores e intelectuales, sino de los funcionarios públicos encargados de la cultura en el país; y en contadas ocasiones, con otros representantes del gobierno (incluido el Presidente).
Aunque dudo que esta edición Peña Nieto hiciera acto de presencia (sobre todo, tras su memorable participación en 2011), que la FIL sacrifique su inauguración para evitar posibles protestas resulta contraproducente. No se entienden las razones de este cambio. La decisión ya estaba tomada y, por más reclamos, parecía imposible que se cambiara. Sí, probablemente se habría suscitado algún acto de inconformidad -uno que, estoy seguro, habría engalanado las portadas de los diarios uno o dos días a lo sumo-, pero la FIL seguiría su rumbo, con todo y detractores del ganador.
Pero los organizadores decidieron evitar la confrontación y enviaron a Bryce (valga la expresión) "a esconderse a los baños" (como hiciera Peña Nieto en su también célebre visita a la Ibero). Grave error. Ahora la FIL no sólo debe pelear contra los detractores de la decisión del jurado; les ha dado más armas. La presunción de inocencia ha pasado a presunción de culpabilidad. Se ha mandado un mensaje riesgoso: de premiar la obra literaria de Bryce por su calidad, ahora parece que se premia al autor "a pesar" de su historial. Diferencia mínima pero sustancial.
Esto impacta, por supuesto, en la credibilidad de la FIL. ¿Qué tanto? Aún no se sabe. Lo que pudo pasar como una decisión controvertida -algo que todos los premios tienen; si no, miren el Nobel de la Paz a la Unión Europea-, se puede convertir en la percepción pública en un galardón ilegítimo, inválido. Darle el premio a Bryce puede ser cuestionable, pero entregarlo "por fuera", sin siquiera presentarlo, sólo daña la imagen del Festival con la sombra de lo espurio, tan enclavada en el imaginario colectivo nacional.
Porque en la opinión popular -ésa que como yo, no ha leído a Bryce (o quizá, ni había escuchado hablar de él)- la confianza es un castillo de naipes. En el México donde un presidente rindió protesta colándose por la puerta trasera, donde un candidato desaparece del escenario público para no afrontar los cuestionamientos, ¿en qué cabeza cupo entregar el premio en condiciones que alimentan la suspicacia? A una no muy lúcida, por decir lo menos.










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