Escribo este texto con la cabeza rodeada por un banco de niebla. Muy distante está el viernes, última día de la gestión de Felipe Calderón. En dos días ha pasado suficiente como para llenar mil planas de periódico. El inicio de la administración de Enrique Peña Nieto ha sido caótico, turbulento. Si creíamos que la imagen de Calderón rindiendo protesta en medio del tumulto era significativa, ¿cómo calificamos las escenas que nos deja la confrontación de este fin de semana?

La toma de posesión de Peña Nieto fue lo de menos el sábado. Siete minutos protocolarios para entregar la banda presidencial y ya. Afuera del recinto de San Lázaro fue donde se desató el pandemónium. Hace meses (prácticamente, desde la noche en que se dio a Peña como ganador de las elecciones) que se sabe de los planes de manifestación. Hace meses que se gesta un odio exacerbado -¿injustificado?- hacia el nuevo mandatario. Es un rencor que trasciende las posiciones políticas: va de la mano con la memoria de 70 años de dominio priísta, de miles de abusos de poder, escándalos de corrupción, evidencias de represión; es un resentimiento nacido del hartazgo y del temor.

El sábado estalló.

En México, la protesta es criticada porque es incómoda, pero rara vez escala a los niveles de violencia que se atestiguaron ese día. Comercios destrozados, saqueados; bombas molotov, palos y piedras. A veces, los que miramos desde la comodidad olvidamos que hay personas que poco tienen que perder, que existen individuos tan en la opresión que no se les lava el cerebro con un "ponte a trabajar por México", porque trabajan por ellos y su familia y a duras penas les sale para comer. A veces olvidamos que las grandes revoluciones son pensadas desde un espacio de poder, pero ejecutadas por manos anónimas que no pueden soportar ni un minuto más.

A veces, simplemente, olvidamos.

Si la violencia social no se debe justificar, mucho menos la represión mayúscula en aras de "conservar el orden" -¿el orden o la comodidad?, otra vez el debate-. Peña Nieto ordenó un despliegue de fuerzas federales que marca, desde hoy, las habilidades de negociación que tendrá ante la protesta. Nulas. El saldo es asfixiante: siete horas de caos, 105 heridos y decenas de personas detenidas. Claro, las cifras son sólo un condensado. Para entender la otra toma del sábado -la de las calles- los testimonios de viva voz y las crónicas de quienes lo presenciaron estremecen con inusitada potencia. Y los vídeos, por supuesto, valen más que mil gritos de impotencia:

Es sencillo condenar la violencia de sólo uno de los lados. Ni se debe hacer una apología de los disturbios, ni mucho menos, cubrir con el manto de los héroes a los policías. El choque de trenes tiene un punto en común: la falta de legitimidad. Dicen los rumores que, en 2000, el PRI estaba por dar ganador a Francisco Labastida en lugar de Vicente Fox. Esa noche -aún con mucho por escrutar- Ernesto Zedillo anunció la victoria del panista. Dicen -de nuevo, sólo especulaciones- que el mandatario calculó el daño social y el potencial de revuelta de dar ganador a su partido y decidió cancelar el fraude. Si es cierto, esa decisión nos postergó por doce años lo que se vivió este sábado.

"[Peña Nieto] tendrá que cargar con el estigma de ilegítimo y más le vale irse acostumbrando desde el primer día", señala Sanjuana Martínez en su recuento de los sucesos. La violencia del sábado evidenció este sello, pero también mostró el camino que tomará para (tratar de) despojárselo. Es un hecho ampliamente conocido en el diseño de políticas públicas que la percepción de violencia favorece la aceptación social a medidas drásticas -lo que en México resumimos como el "a grandes males, grandes remedios"-. El miedo, la duda y la incertidumbre (un coctel bien conocido) favorecen al presidente. Si el riesgo está allá afuera, entonces él puede ungirse como salvador -aunque ese supuesto exterior no sea más que una muestra de nuestra realidad-.

Hoy los diarios hablan de anarquismo, de grupos de choques, de conspiraciones, de manos que mecen la cuna. Este lunes se lloran los vidrios rotos, se lamentan los graffitis, se condenan los hechos como quien, por protocolo, da un pésame en un funeral o una felicitación en una boda. Apenas es el tercer día y ya nos sentimos abrumados. De quién o de qué, no lo sabemos con certeza. Nos levantamos con una resaca de años, preguntándonos dónde estamos y cómo llegamos aquí. Abrumados por balas de goma, ojos sacados, pactos firmados y hemiciclos pintados. Este lunes nació una pregunta que, me temo, va a perdurar el resto del sexenio.

¿Qué rayos pasó el 1 de diciembre?

Pepe Flores

26. Blogger de ALT1040. Coordinador de Vivir México. Hipertextual desde 2009. Escribo sobre cultura pop, medios, política, derechos humanos, propiedad intelectual y diversidad sexual. Fundador de Elocuencia 8080 y Sexenio. Autor de "La nueva cara de Puebla" (Endeavor & UDLAP, 2011). Editor en Polaris Group. Más artículos del autor »