La verde también vota: el marketing político en tiempos de fútbol

A quince días de que comience el Mundial de Sudáfrica, todo un país hierve por los triunfos (o fracasos) de su combinado nacional. El fútbol, esa guerra simbólica de once contra once (y algún árbitro colado), permite al pueblo mexicano la búsqueda de alegrías que la realidad cotidiana ha fallada en proveerle. La selección mexicana es tema primordial en la agenda política, máxime cuando se discute si el presidente debe ir o no al partido inaugural, donde México abrirá pista contra el anfitrión.

El próximo 4 de julio se celebrarán comicios electorales en diferentes puntos del país, en medio de la efervescencia mundialista. El fútbol, ese deporte que corre por las venas de millones de mexicanos, es uno de los puntos débiles del votante. Los candidatos saben que no es lo mismo hacer una campaña con las patas que con los pies. Así, los partidos políticos se alinean con jugadores, directores técnicos, clubes de fútbol, con tal de ganar la otra guerra (no tan simbólica) que tendrá lugar en los meses venideros.

Ahí está Pável Pardo, que en la última jornada del Torneo Bicentenario 2010, volvió a vestir la verde. ¿Hace cuánto no se la ponía, no la sentía contra su piel, no la traía pegada la corazón? El fino mediocampista se colocó en posición, esbozó una sonrisa, y se paró, formalito, frente al paredón de cámaras. A su lado no estaba Javier Aguirre, ni Mario Carrillo, ni Néstor de la Torre. No, al costado de Pardo estaba la encanecida figura de Roberto Borge, candidato a la gobernatura de Quintana Roo por el Partido Revolucionario Institucional. Pável, que debía estarse preparando para el cotejo en que el América se jugaba el pellejo, estaba ahí, con la playera de sus melancolías, alineando para otro partido.

El caso de Pável no es el único de jugadores que dejan el balón por el ruedo político. ¿Qué tal el director técnico del Puebla, José Luis Sánchez Sola (el Chelís para el pópulo), uno de los desclosetados de la polaca? Ahí está el estratega poblano, presumiendo coraje en los espectaculares junto a su candidato, siempre fiel a su PRI, a su góber, y a su camisa roja (porque lo azul lo trae sólo en el uniforme de trabajo, ¡que no haya malentendidos!).

El fanatismo pambolero gana simpatías, mueve pasiones. Hasta Felipe Calderón se dio un respiro entre tanta guerra contra el narco, tanto desempleo y tanta caza de migrantes para darse una vuelta para saludar a los once soldados que palian las penas de un país a patadas. Con Javier Aguirre como su mejor secretario, Calderón sabe que México es tanta potencia como goles sean capaces de anotar en la Copa del Mundo (“imagínate”, contará a sus nietos, “]¡que durante mi mandato pasamos al quinto partido!”).

Hay que aprovechar que el votante promedio tiene el corazón y las neuronas en Sudáfrica. El marketing político lo sabe, lo aprovecha, y lo exprime, con los que juegan y los que se prestan al juego. Porque si no hay general que no resista un cañonazo de cien mil billetes, tampoco hay futbolista que los aguante. Si no, pregúntenle a Pável, que a media concentración previa al juego de Santos, se dio un respiro para mostrar su apoyo a un candidato que no conoce. Y de paso, ponerse de nuevo la del Tri, aunque sea nomás un ratito, nomás de mentiritas, nomás porque en estos tiempos pamboleros, la verde también vota.