José Vasconcelos, apóstol de la educación

Filósofo, político, escritor y educador, pero sobre todo, visionario. A él debemos la creación de la Secretaría de Educación Pública, el escudo y lema que hoy identifican y sintetizan la misión social de la UNAM, así como la gestión de un sinnúmero obras de arte que a la fecha continúan engalanado numerosos recintos públicos. Sin embargo, tal vez por encima de todas las cosas, a él le debamos una visión del futuro de nuestro que país que, aunque con los años ha sido olvidada -o peor, pervertida-, ayudó a dar forma al México contemporáneo. José Vasconcelos, uno de los protagonistas de la revolución y los tiempos que le siguieron, celebra hoy, al menos presente en su legado histórico, 129 años.

Aunque nació el 28 de febrero de 1882 en la ciudad de Oaxaca, realizó sus primeros estudios en la zona fronteriza del norte, continuándolos en Toluca, Campeche y la ciudad de México. Egresado de la Escuela Nacional Preparatoria, y posteriormente de la Escuela Nacional de Jurisprudencia (ambas cunas intelectuales de personalidades destacadas en nuestra vida nacional), obtuvo el título de licenciado en Derecho en 1907. Dos años después, junto con personajes de la talla de Alfonso Caso, Pedro Henríquez Ureña o Roberto Argüeyes, participó en la fundación del Ateneo de la Juventud, posteriormente conocido como Ateneo de México.

Esta asociación de artistas e intelectuales jugó un papel clave en lo que después serían los lineamientos educativos del México postrevolucionario e incluso de gran parte de América Latina. El Ateneo, aunque auspiciado por el entonces secretario de Instrucción Pública, Justo Sierra, significó desde su inicio un aparato crítico en contra de la tendencia positivista que dominaba el panorama intelectual mexicano. Contrario a lo propuesto por el grupo de "los científicos" -célula de pensadores alentada y sostenida por Porfirio Díaz- el Ateneo se promulgaba a favor de la libertad de cátedra y en contra del determinismo biológico que sustentara políticas de pensamiento racistas, buscando la reafirmación de los valores culturales, éticos y estéticos en los que América Latina emergió como realidad social y política.

Durante la revolución y los tiempos subsecuentes, Vasconcelos jugó un papel importante como diplomático, primero al lado de Franciso I. Madero y posteriormente junto a Venustiano Carranza, alternando sus convicciones políticas con la dirección de instituciones como la Escuela Nacional Preparatoria y la Universidad Nacional de México en tiempos de Álvaro Obregón. En su cargo como rector, propuso al Consejo Universitario el escudo que desde 1921 caracteriza a nuestra Máxima Casa de Estudios, compuesto por:

el águila mexicana y el cóndor andino, cual ave bicéfala, [que] protegen el despliegue del mapa de América Latina, desde la frontera norte de México hasta el Cabo de Hornos, plasmando la unificación de los iberoamericanos: "Nuestro continente nuevo y antiguo, predestinado a contener una raza quinta, la raza cósmica, en la cual se fundirán las dispersas y se consumará la unidad".

Imagen que estaba en sintonía con su pensamiento humanista y que también puede verse plasmado en el lema que sintetiza la vocación social de la universidad:

Se "significa en este lema la convicción de que la raza nuestra elaborará una cultura de tendencias nuevas, de esencia espiritual y libérrima" , explicó el "Maestro de América" al presentar la propuesta. Más tarde, precisaría: "Imaginé así el escudo universitario que presenté al Consejo, toscamente y con una leyenda: Por mi raza hablará el espíritu, pretendiendo significar que despertábamos de una larga noche de opresión".

Al finalizar su periodo como rector de la UNAM, le es encomendada la Secretaría de Instrucción Pública, donde impulsó numerosos proyectos para hacer frente a los rezagos educativos del país que se habían agudizado tras la revolución. Uno de ellos fue llevar la instrucción académica al interior del país a través de la acción de los maestros rurales, a quienes llegó a llamar "apóstoles de la educación". Otro consistió en un programa de intercambios educativos y culturales con otros países latinoamericanos, conocido como "embajadas culturales" que propiciaron el contacto de estudiantes mexicanos (como Carlos Pellicer) con sus pares sudamericanos.

Asimismo, con la idea de perpetuar el legado revolucionario y difundirlo entre la población como un recordatorio de las causas e ideales que gestaron este movimiento, Vasconcelos gestionó la intervención de edificios públicos por parte de pintores como David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco y Diego Rivera, los llamados "muralistas" cuya obra aún podemos apreciar en diversos edificios de la ciudad de México y el interior del país. También, durante su periodo como secretario de educación, fortaleció las relaciones culturales y diplomáticas con otros países latinoamericanos a través del apoyo a artistas como la chilena Garbiela Mistral.

Su doctrina filosófica, sustento y visión a futuro de su proyecto nación, es compleja y merece una mención a parte. A grandes rasgos, su filosofía es cercana al pensamiento de Arthur Schopenhauer y Miguel de Unamuno, proponiendo a la estética como fundamento y eje del pensamiento. Esto lo podemos ver reflejado en sus obras, como La Raza Cósmica, Pitágoras, una teoría del ritmo, El monismo estético o Lógica Orgánica.

Foto: Library of Congress