Breve historia del Ángel de la Independencia

El Monumento a la Independencia --mejor querido como el Ángel--, preside con la sobriedad propia de los inmortales el otrora Paseo del Emperador. Desde su pedestal, elevado a 35 metros de su base, la adusta escultura de la Victoria Alada (la popular diosa Niké) ha contemplado el devenir de una ciudad --y una nación-- que cada seis años cambia de rumbo. Nombrada guardiana de los restos fúnebres de aquellos que han recibido el título de próceres de la patria, ahora debe contentarse con vigilar a los turistas y quinceañeras que arriesgan la vida para cruzar la transitada Reforma --a veces, tacones en mano-- para tener el privilegio de fotografiarse con ella. Este sábado volverá a cumplir su deber de salvaguarda cuando, tras una procesión fúnebre, le sean devueltos los restos que le encomendaron a su cuidado.

Más allá de lo que algunos han considerado como un tétrico espectáculo, vale la pena recordar cómo nació este nuevo símbolo de la patria y, especialmente, de la Ciudad de México. Ese monumento que todos --aunque muchos no lo recuerden-- nos provocó cosquillas en el estómago la primera vez que lo vimos y que, también para muchos, no sólo representa un símbolo de la libertad y la victoria, sino también del hogar: hogar, dulce-inseguro-caótico-lleno-de-tráfico-pero-muy-querido hogar.

La Estela de Luz: la historia (casi) se repite

De las celebraciones del pasado Bicentenario sólo parece quedarnos el recuerdo de la resaca terrible y los pies adoloridos tras bailotear gran parte de la noche en alguno de los escenarios dispuestos en el Paseo de la Reforma. Porque de los monumentos que erguirían en su honor, ni sus luces. A lo sumo, las polémicas de aquellos hombres de espíritu enano que, en vez de sentirse honrados al entrar a la historia por la puerta grande, a través de la construcción de un monumento que asegurara su inmortalidad, decidieron lucrar con el dinero de nuestros impuestos. Sí, me refiero --sólo para citar uno de tantos casos-- a la Estela de Luz, un monumento de la malversación de fondos.

Sin embargo, el ya merito --al menos en cuento a la construcción de monumentos-- no es un mal contemporáneo; un mal bicentenario. Nuestro querido Ángel --¿o nuestra querida Ángel?-- tuvo varias "salidas en falso" e incluso tuvo que ser demolido debido a los famosos hundimientos que caracterizan a nuestra ciudad. La primera convocatoria para su diseño y construcción fue lanzada en 1821, pero, como sabemos, la inestabilidad de los gobiernos independientes, impidió que el proyecto se materializara. De esa fecha, hasta 1843, se lanzaron varios concursos para erigir el monumento en lo que hoy conocemos como el Zócalo (o Plaza de Armas, para ser más correctos), que en aquel entonces no era una plancha desabrida, donde el único adorno son tiendas de campaña y letrinas móviles, sino donde se ubicaba un pequeño parque que recibía el nombre de Parián.

En 1943 fue Antonio López de Santa Anna quien, junto con la Academia de San Carlos --la escuela de pintura más famosa de nuestra historia-- lanzaron la convocatoria que estipulaba los requisitos que hoy --más o menos-- cumple nuestro monumento.

  • Según la moda arquitectónica imperante, debía ser una columna honoraria. Recordemos que la influencia clásica era el canon estético del momento.
  • Su altura debería ser de, mínimo, 42 metros.
  • El remate exigido era una Victoria. La diosa Nikté que antes había mencionado y que aparece en monumentos conmemorativos de todo el mundo occidental.
  • Una base o pedestal adornado por estatuas y bajorrelieves.
  • Rodeado todo por una reja y con monumentos menores que adornaran la plaza.
  • Los materiales de recubrimiento debían incluir mármol; las estatuas y adornos debían de ser de bronce.

El ganador de este certamen fue un arquitecto francés, Enrique Griffon, a quien se le entregó el premio en efectivo (300 pesos --de la época--), pero cuya obra nunca se realizó. Al caprichoso señor Santa Anna no le agradó el diseño elegido por los académicos de San Carlos, favoreciendo el proyecto de un mexicano, Lorenzo de Hidalga, que aunque había quedado en segundo lugar, resultó ser el proyecto a erigirse. Quizás el motivo de su elección fue que --nada lorenzo don Lorenzo-- en la columna, en un bajorrelieve, aparecía ilustrada la batalla de Pueblo Viejo, en Tampico, lucha que el mismo Santa Anna dirigió.

Sin embargo, como diría mi abuela, el que da y quita, con el diablo se desquita. A pesar de que se colocó la primera piedra --¡cuánto nos gustan estos eventos de socialitè!--, por falta de fondos no se llegó a construir --¡cómo nos choca hacer presupuestos!--. Fue hasta el Segundo Imperio Mexicano (porque uno nunca es suficiente) que se retomó el proyecto y que ahora favoreció al arquitecto Ramón Rodríguez Arangoity. La mismísima emperatriz Carlota --dulzura de mujer, toda una palanqueta--volvió a colocar la primera piedra, pero la caída del imperio se interpuso y el proyecto volvió a quedar en el olvido. Sin embargo, durante la república restaurada --que, como la Biblioteca Vasconcelos, sigue en restauración-- aunque no había fondos para ningún proyecto de esta especie, se decidió urbanizar el Paseo del Emperador, llamándolo "Paseo de Degollado" en honor a Santos Degollado, héroe de la Guerra de Reforma.

Y aquí entra ese personaje tan ambivalente, tan discutido y polémico. Don Porfirio Díaz, que, terriblemente influido y deslumbrado por el empuje arquitectónico francés --y la ciencia positivista en boga-- decidió abrir desarrollos inmobiliarios de lujo en la zona. Sí, adivinaron, las colonias Tabacalera y Jurarez, que en aquél momento se llamó Americana (y de ahí que el nombre de sus calles sean de ciudades del gabacho). Además, sembró arboles e instaló mobiliario urbano, del cual aún conservamos algunas piezas. En 1886, este controvertido prócer volvió a convocar a concurso para un monumentos conmemorativo, retomando los requisitos de las convocatorias pasadas (para que vean que eso del pirateo de proyectos no lo inventó Marianita).

Se decidió que el monumento a construirse se asentaría en una de las glorietas del recién nombrado Paseo de la Reforma y que lo realizaría una misma firma estadounidense. Sin embargo --de nuevo, los presupuestos-- de pospuso la construcción en 1887, siendo vendido al gobierno el proyecto y regresando a su casa la firma constructora de Washington, D.C. Es hasta 1900 que se nombra al arquitecto Antonio Rivas Mercado (sí, hay una calle de su nombre, de ahí la familiaridad) y que se comienza la construcción del monumento el 2 de enero de 1902, cuando don Porfirio pone la primera piedra. Rivas Mercado encarga el proyecto escultórico al italiano Enrique Alciati y la obra civil al Ingeniero Roberto Gayol. Sin embargo, ¡la venganza de Moctezuma! O bueno, no. Pero sí la desgracia.

En mayo de 1906, los trabajadores comenzaron a notar cierta inclinación en el monumento. Y sí, debido a la inestabilidad del suelo y la mala cimentación, el monumento se nos estaba yendo chueco (qué atinada metáfora de nuestra vida nacional). La base tuvo que ser demolida y se volvió a comenzar, hasta inaugurarlo el 16 de septiembre de 1910 en el culmen de las celebraciones del centenario. Así que ya pueden sacar conclusiones de cuándo estará lista nuestra Estela de Luz...

Instrucciones para visitar el Ángel y no morir en el intento

Del centenario de la independencia a nuestros días nuestra querida Ángel ha visto de todo. Incluso el suelo muy de cerca cuando se cayó en el terremoto de 1957. Y la historia contemporánea de este monumento que a muchos nos dice "bienvenido a casa, ahora caele con la lana" será motivo de otra entrada. Sin embargo, no quiero dejar pasar la oportunidad de compartirles cómo visitarlo y no morir en el intento.

Su actual ubicación es en el cruce de las calles Paseo de la Reforma, Río Tíber y Florencia. El tránsito en la zona es constante y tiene un no sé qué pero qué sé yo que desquicia a los automovilistas y no dudan en echar fierro para cruzar la glorieta. Muchos turistas y quinceañeras deseosas de compartir "su día" con la Ángel cruzan a como Dios les da a entender. Hace falta un señalamiento en el lugar, pero hay una forma adecuada --y relativamente segura-- de hacerlo; basta observar un poco.

En el cruce de Florencia y Paseo de la Reforma, así como en la cebra peatonal oeste del cruce de Reforma (la que está del lado de la Zona Rosa) encontrarán en el suelo unos curiosos fantasmas rojos deslavados por tanto aplastón de coche. Uno debe cruzar a esos puntos --la mitad de la calle, el camellón-- cuando está el semáforo peatonal y permanecer ahí hasta que los conductores tengan luz verde. (Todos los semáforos se ponen en rojo al mismo tiempo por unos segundos). Y ése es el momento para cruzar. Claro, te sentirás como Moisés cuando abre los mares para que el pueblo elegido cruce, pero esa sensación es mejor que sentirte Job tragado por una ballena o, en este caso, sepultado por el peso de un coche.

Y, una vez en el monumento, regálate unos minutos en la escalinata. La vista de la urbe es hermosa y, si tienes suerte, podrás ver al Castillo de Chapultepec perfectamente alineado sobre Paseo de la Reforma. Es impresionante y súmamente bello estar ahí. Uno de esos momentos en la vida de todo chilango en el que hace sentido la frase "la Ciudad de los Palacios" y en que a uno no le queda más que declararse absoluta y perdidamente enamorado de esta monstruosamente bella ciudad.

Imagen: "Bajo las Alas de un Ángel" de Ernesto Lozano en Artelista