Los policías también se manifiestan, denuncian arbitrariedades, represión y suspensión injusta

Hablar mal de los policías es muy fácil. Conforman el nivel más bajo de los cuerpos de seguridad. Se sabe poco de sus condiciones laborales, como que los sueldos son infames y el trabajo duro. Ante la situación de violencia que atraviesa el país, son los que están en la línea de fuego. Pueden morir o desaparecer en cualquier momento y parece que a nadie le importa -salvo a sus familiares, supongo-. Se ha hablado de "profesionalizar" a la policía, de prepararlos mejor para que sean capaces de responder a la situación actual. Entonces, un día, un grupo de once policías se manifiesta en Tamaulipas y sale a la luz la serie de arbitrariedades que se comenten en su contra y, para rematar, "los jefes" dicen que la culpa es de ellos por desobedecer.

De acuerdo con los policías inconformes, esto fue lo que pasó en Tamaulipas: el jueves pasado, a una semana de concluir un curso de capacitación, un grupo de veinte fue seleccionado para cubrir un servicio en Nuevo Laredo, que consistía en apoyar a los compañeros que sufrieron un atentado en días pasados. Los mandaron sin viáticos para gasolina, alimento y hospedaje, sin uniforme para cambio -sólo llevaban el puesto y no les permitieron ir a sus casas por ropa y avisar a su familia- y sólo llevaban un arma larga con un cargador. Sus superiores los enviaron sin oficio de comisión y con un compromiso de palabra de que solo irían por un día al municipio fronterizo.

Al llegar a Nuevo Laredo, iniciaron sus trabajos y sus superiores les comentaron que se quedarían más tiempo. Los hoteles no les querían dar hospedaje, por la inseguridad. Pasaron casi dos días sin alimento, agua, un lugar donde dormir, ni uniformes de reserva para su aseo personal. Hambreados, sedientos, cansados y sucios, decidieron regresar a Ciudad Victoria y concentrarse en su base de trabajo en el Complejo Estatal de Seguridad Pública.

El capitán de mando, José Luis Orozco, les dijo que tenían que quedarse en Nuevo Laredo porque era la orden. Ellos replicaron que, además de carecer de viáticos, uniformes y demás, no estaban acreditados -fueron interrumpidos en el curso de capacitación para este viaje, ¿recuerdan?- y sin la acreditación, su sueldo se mantenía en menos de 3 mil pesos quincenales. Le reiteraron al capitán Orozco que se regresarían a Victoria por no contar con condiciones suficientes para trabajar:

No, por no querer trabajar, si no porque estaban violando nuestros derechos humanos, ser prepotente, abusar de la autoridad, ejercicio abusivo de funciones y negarnos lo que por ley nos corresponde, que son alimentación, viáticos, agua, hospedaje, cargadores para armas.

Ante las acusaciones y amenazas del capitán, el grupo se dividió, nueve se quedaron y once se mantuvieron en la postura de regresar a la capital del estado. Orozco les dio mil pesos a cada uno para cubrir los gastos de su regreso, pero antes de partir les enviaron a un grupo elementos del Ejército Mexicano para que les recogieran las armas. Fueron ellos quienes alimentaron y dieron de beber a los policías. Uniformados, sin armas y sucios, tomaron un autobús en la central de camiones, rumbo a la capital del estado de Tamaulipas.

Cuando se presentaron en el Complejo Estatal de Seguridad Pública se encontraron con la sorpresa de que ya habían sido boletinados para que se les negara el acceso, incluso fueron acusados de robar la patrulla en la que se trasladaron a la ciudad fronteriza. El día de ayer, el grupo de once policías se manifestó en el Palacio de Gobierno para pedir el apoyo del Secretario General de Gobierno, Morelos Canseco Gómez, denunciando la serie de arbitrariedades de las que fueron objeto y las represalias ordenadas en consecuencia. La respuesta que obtuvieron fue que la autoridad estatal entablaría un dialogo con el secretario de Seguridad Pública, Rafael Lomelí Martínez, para darles una respuesta.

Por su parte, Rafael Lomelí, quien había amenazado con despedirlos por "no querer trabajar", dijo después a los medios que no estaban despedidos, que se "está dialogando con ellos", que son acusados de abandono de servicio y que será la comisión de Honor y Justicia la que hablará a cada una de las partes involucradas para resolver el problema.

Lo que he querido mostrar con esta nota es la serie de incongruencias e irregularidades con las que operan nuestros "queridos" cuerpos policiales: sacan de un curso a policías que tienen entre 10 y 25 años de servicio y que ganan 2 mil 500 pesos a la quincena, sin oficio de comisión -ergo, sin viáticos-, con engaños, y los mandan padecer un infierno, a hacer un trabajo para el que se supone aún no están acreditados -ni hay correspondencia entre lo que hacen y lo que ganan-. Cuando ellos dicen "me regreso", los amenazan, los intimidan, los humillan, les piden las armas, los acusan de robo y de abandono de servicio. O sea, aquí los únicos que pierden son ellos, los que se van a matar "en nombre de la ley". Pero eso sí, le encantan hablar de "profesionalización" de la policía. Y nosotros todavía nos preguntamos por qué la policía no funciona. He aquí un buen ejemplo.